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 Textos escolares: Módulos de Religión "Amor de Dios" 2011

 

 

ACERCA DE LA IDENTIDAD DE LA

EDUCACIÓN CATÓLICA

 

Metodología MAD: Módulos “Amor de Dios”

 

Profesores de Religión que trabajan con la Metodología MAD: 

Hace mucho tiempo que no había visto ni escuchado, algo tan específico y fundamental sobre la educación católica como en esta ponencia del Obispo de Arica  + Héctor Vargas Bastidas, en el Primer Congreso Nacional de Educación Católica.

Recomiendo leerla por su claridad y profundidad. Además es el fundamento del Sector de Religión.

La Metodología MAD (Modular Activa Dirigida) concuerda plenamente con los planteamientos de la “Identidad de la Educación Católica” y especialmente cuando los laicos católicos están involucrados.

Rodolfo Mendoza

 

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ACERCA DE LA IDENTIDAD DE LA EDUCACIÓN CATÓLICA

Ponencia presentada en el Primer Congreso Nacional de Educación Católica

Santiago de Chile, 18 de Octubre de 2006

 

+Héctor Vargas Bastidas, sdb

Obispo de Arica

Presidente Área de Educación de la CECH

 

El Concepto de Educación

 

Para comprender bien la misión específica de la educación católica, conviene partir de una reflexión sobre el concepto de «educación», teniendo presente que si no es «educación» y no reproduce los elementos característicos de ésta, tampoco puede  aspirar a ser educación «católica». (1)

La educación la queremos concebir fundamentalmente como un proceso de formación integral, mediante la asimilación sistemática y crítica de la cultura. Y ésta, entendida como rico patrimonio a asimilar, pero y también como un elemento vital y dinámico del cual forma parte. Ello exige confrontar e insertar valores perennes en el contexto actual.

De este modo, la cultura se hace educativa. Una educación que no cumpla esta función limitándose a elaboraciones prefabricadas, se convertirá en un obstáculo para el desarrollo de la personalidad de los alumnos. De lo dicho se desprende la necesidad que todo centro de formación confronte su propio programa formativo, sus contenidos, sus métodos, con la visión de la realidad en la que se inspira y de la que depende su ejercicio.

Es decisivo que todo miembro de la comunidad educativa  tenga presente  tal visión  de la realidad, visión que se funda, de hecho, en una escala de valores en la que se cree y que confiere a maestros y adultos autoridad para educar.   No se puede olvidar que se enseña para educar, o sea, para formar al hombre desde dentro, para liberarlo de los condicionamientos que pudieran impedirle vivir plenamente como hombre.

Los Pastores de América Latina reunidos en la Asamblea de Santo Domingo, afirmaban, en efecto, que “ningún maestro educa sin saber para qué educa, y que a su vez siempre existe un proyecto de hombre encerrado en todo proyecto educativo; y que este proyecto vale según construya o destruya al educando. Este es el valor educativo.”(2).

Lo anterior incluye poner de relieve la dimensión ética y religiosa de la cultura, precisamente con el fin de activar el dinamismo espiritual del sujeto y ayudarle a alcanzar la libertad ética que presupone y perfecciona a la psicológica. Pero no se da libertad ética sino en la confrontación con los valores absolutos de los cuales depende el sentido y el valor de la vida del hombre. Se dice esto, porque, aun en el ámbito de la educación, se manifiesta la tendencia a asumir la actualidad como parámetro de los valores, corriendo así el peligro de responder a aspiraciones transitorias y superficiales y perder de vista las exigencias más profundas del mundo contemporáneo, como son formar personalidades fuertes y responsables, capaces de hacer opciones libres y justas.

Característica a través de lo cual los jóvenes se capacitan para abrirse progresivamente a la realidad y formarse una determinada concepción de la vida.

Así configurada, la educación supone no solamente una elección de valores culturales, sino también una elección de valores de vida que deben estar presentes de manera operante. La educación, entonces se transforma en una actividad humana del orden de la cultura, la cual tiene una finalidad esencialmente humanizadora. Se comprende, por lo tanto, que el objetivo de toda educación genuina es la de humanizar y personalizar al hombre, sin desviarlo, antes bien, orientándolo hacia su fin último que trasciende la finitud esencial de la persona. La educación, en consecuencia resultará más humanizadora en la medida en que más se abra a la trascendencia, es decir a la Verdad y al Sumo Bien. La educación, en definitiva, humaniza y personaliza al hombre, cuando logra que éste desarrolle plenamente su pensamiento y su libertad, haciéndolo fructificar en hábitos de comprensión y de comunión con la totalidad del orden real por los cuales la misma persona humaniza su mundo, produce cultura, transforma la sociedad y construye la historia. (3)

 

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El carácter específico de la educación católica:

 

Después de haber señalado en modo muy sintético algunas características sobre la identidad de la educación en general, es posible ahora concentrar la atención en aquello que la especifica como católica. Hoy como en el pasado, algunas instituciones educativas que se dicen católicas, pareciera que no responden plenamente al proyecto educativo que debería distinguirlas y, por lo tanto, no cumplen con las funciones que la Iglesia y la sociedad tendrían derecho a esperar de ellas. Lo que falta muchas veces a los católicos que trabajan en las mencionadas instituciones, en el fondo es, quizás, una clara conciencia de la identidad católica de las mismas, y la audacia para asumir todas las consecuencias que se derivan de su diferencia respecto de otro tipo de centros de formación. Por tanto se debe reconocer que su tarea se presenta como ardua y compleja, sobre todo hoy, cuando el cristianismo debe ser encarnado en nuevas formas de vida por las transformaciones que tienen lugar en la Iglesia y en la sociedad, particularmente a causa del pluralismo y de la tendencia creciente a marginar el mensaje cristiano. Lo que la define en este sentido es su referencia a la concepción cristiana de la realidad. Jesucristo es el centro de tal concepción.(4).

Cuando hablamos de una educación cristiana, por lo tanto, hablamos de que el maestro educa hacia un proyecto de persona en el que viva Jesucristo; hay muchos valores; pero estos valores nunca están solos, siempre forman una constelación ordenada explícita e implícitamente. Si la ordenación tiene como fundamento y término a Cristo, entonces esta educación está recapitulando todo en Cristo y es una verdadera educación cristiana; si no, puede hablar de Cristo, pero corre el riesgo de no ser cristiana. (5). Se da de este modo una compenetración entre los dos aspectos. Lo cual significa que no se concibe que se pueda anunciar el Evangelio sin que éste ilumine, infunda aliento y esperanza, e inspire soluciones adecuadas a los problemas de la existencia del hombre; ni tampoco que pueda pensarse en una verdadera promoción del hombre sin abrirlo a Dios y anunciarle a Jesucristo. (6)

De este modo, estamos en condiciones de afirmar que en el proyecto educativo católico, Cristo el Hombre perfecto, es el fundamento, en donde todos los valores humanos encuentran su plena realización y, de ahí su unidad: El revela y promueve el sentido nuevo de la existencia, y la transforma capacitando al hombre y a la mujer a vivir de manera divina, es decir, a pensar, querer y actuar según el Evangelio, haciendo de las bienaventuranzas la norma de su vida. Precisamente por la referencia explícita, y compartida por todos los miembros de la comunidad escolar, a la visión cristiana  -aunque sea en grado diverso, y respetando la libertad de conciencia y religiosa de los no

cristianos presentes en ella- es por lo que la educación es «católica», porque los principios evangélicos se convierten para ella en normas educativas, motivaciones interiores y al mismo tiempo en metas finales. Este es el carácter específicamente católico de la educación. Jesucristo, pues, eleva y ennoblece a la persona humana, da valor a su existencia y constituye el perfecto ejemplo de vida y la mejor noticia, propuesto por los centros de formación católica a los jóvenes. (7).

Dentro del mundo pluralista de hoy, el educador católico está llamado, entonces, a guiarse conscientemente en su tarea por la concepción cristiana del hombre en comunión con el magisterio de la Iglesia. Concepción que, incluyendo la defensa de los derechos humanos, coloca a la persona en la más alta dignidad, la de hijo de Dios; en la más plena libertad, liberado por Cristo del pecado mismo; en el más alto destino, la posesión definitiva y total del mismo Dios por el amor. Lo sitúa en la más estrecha relación de solidaridad con los demás hombres por el amor fraterno y la comunidad eclesial; lo impulsa al más alto desarrollo de todo lo humano, porque ha sido constituido señor del mundo por su propio Creador; le da, en fin, como modelo y meta a Cristo, Hijo de Dios encarnado, perfecto Hombre, cuya imitación constituye para el hombre fuente inagotable de superación personal y colectiva. De esta forma, el educador católico, como bien afirmaba Paulo VI, puede estar seguro de que hace al hombre más hombre. Corresponderá, sobre todo, al educador laico comunicar existencialmente a sus alumnos que las personas inmersas cotidianamente en lo terrenal, aquellas que viven la vida propia del mundo, y por eso constituye la inmensa mayoría de la familia humana, están en posesión de tan excelsa dignidad. (8). Contenidos y fines distintivos de la educación católica

Estas premisas permiten indicar las tareas y explicitar los contenidos de la educación católica. Las tareas se polarizan en la síntesis entre cultura y fe, y entre fe y vida; tal síntesis se realiza mediante la integración de los diversos contenidos del saber humano, especificado en las distintas disciplinas, a la luz del mensaje evangélico, y mediante el desarrollo de las virtudes que caracterizan al cristiano.

 

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Síntesis entre fe y cultura

 

Al proponerse promover entre los alumnos la síntesis entre fe y cultura a través de la enseñanza, la educación católica parte de una concepción profunda del saber humano en cuanto tal, y no pretende en modo alguno desviar la enseñanza y los aprendizajes del objetivo que le corresponde en la educación escolar, superior o no formal. (9). En este contexto se cultivan todas las disciplinas con el debido respeto al método particular de cada una. Sería erróneo considerar estas disciplinas como simples auxiliares de la fe o como medios utilizables para fines apologéticos. Ellas permiten aprender técnicas, conocimientos, métodos intelectuales, actitudes morales y sociales que capaciten al alumno para desarrollar su propia personalidad e integrarse como miembro activo en la comunidad humana. Presentan, pues, no sólo un saber que adquirir, sino también valores que asimilar y en particular verdades que descubrir.

Dentro de este desafío de la integración fe-cultura, es que nace la responsabilidad de la educación católica de consagrarse sin reservas a la causa de la verdad, distinguiéndose por su libre búsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios.

Nuestra época, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre. (10)

En la medida en que las diversas materias se cultivan y se presentan como expresión del espíritu humano que, con plena libertad y responsabilidad busca el bien, ellas son ya en cierta manera cristianas, porque el descubrimiento y el reconocimiento de la verdad orienta al hombre a la búsqueda de la Verdad total. El maestro, preparado en la propia disciplina, y dotado además de sabiduría cristiana, transmite al alumno el sentido profundo de lo mismo que enseña y lo conduce, trascendiendo las palabras, al corazón de la verdad total. Este saber, sin embargo, no es único ni uniforme, menos aún en la cultura actual, en donde el saber aumenta a diario y se incrementa la especialización del

conocimiento. Por lo tanto, la investigación en la educación católica, busca lograr la necesaria integración de todo el saber como una tarea permanente y siempre perfeccionable. Ayudados por la filosofía y la teología, los constructores y animadores de un proyecto educativo católico, deben esforzarse constantemente en determinar el lugar que le corresponde y el sentido de cada una de las diversas disciplinas en el marco

de una visión de la persona humana y del mundo iluminada por el Evangelio, y, consiguientemente, por la fe en Cristo como centro de la creación y de la historia. (11)

Promoviendo dicha integración, la educación católica debe comprometerse, más específicamente, en el diálogo entre fe y razón, de modo que se pueda ver más profundamente cómo fe y razón se encuentran en la única verdad. Aunque conservando cada disciplina su propia identidad y sus propios métodos, éste diálogo pone en evidencia que “la investigación metódica en todos los campos del saber, si se realiza de una forma auténticamente científica y conforme a las leyes morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en el mismo Dios” (12) La vital interacción de los dos distintos niveles de conocimiento

de la única verdad conduce a un amor mayor de la verdad misma y contribuye a una mejor comprensión de la vida humana y del fin de la creación.

La teología desempeña un papel particularmente importante en la búsqueda de esta síntesis del saber, como también en el diálogo entre fe y razón. Ella presta, además, una ayuda a todas las otras disciplinas en su búsqueda de significado, no sólo ayudándoles a examinar de qué modo sus descubrimientos influyen sobre las personas y la sociedad, sino dándoles también una perspectiva y una orientación que no están contenidas en sus metodologías propias. A su vez, la interacción con estas otras disciplinas y sus hallazgos enriquece a la teología, proporcionándole una mejor comprensión del mundo de hoy y haciendo que la investigación teológica se adapte mejor a las exigencias actuales. (13).

Así, mientras cada disciplina se enseña de manera sistemática y según sus propios métodos, la interdisciplinariedad, apoyada por la contribución de la filosofía y de la teología, ayuda a los estudiantes a adquirir una visión orgánica de la realidad y a desarrollar un deseo incesante de progreso intelectual. En la comunicación del saber se hace resaltar cómo la razón humana en su reflexión se abre a cuestiones siempre más vastas, y cómo la respuesta completa a las mismas proviene de lo alto a través de la fe.

Además, las implicaciones morales, presentes en toda disciplina, son consideradas como parte integrante de la enseñanza de la misma disciplina; y esto para que todo el proceso educativo esté orientado, en definitiva, al desarrollo integral de la persona.(14)

 

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Síntesis entre fe y vida

 

Fundada en la asimilación de los valores objetivos, la enseñanza, en su dimensión apostólica, no se limita a la síntesis entre fe y cultura, sino que tiende a realizar en el alumno una síntesis personal entre fe y vida.

Para lograr esta síntesis en la persona del alumno, la Iglesia –consciente que no basta ser bautizado para ser cristiano, sino que se requiere vivir y obrar conforme al Evangelio- sabe que el hombre necesita ser formado en un proceso de continua conversión para que por medio de las virtudes teologales llegue a ser aquello que Dios quiere que sea. Ella enseña a los jóvenes a dialogar con Dios en las diversas situaciones de su vida personal.

Los estimula a superar el individualismo y a descubrir, a la luz de la fe, que están llamados a vivir, de una manera responsable, una vocación específica en un contexto de solidaridad con los demás hombres. La trama misma de la humana existencia los invita, en cuanto cristianos, a comprometerse en el servicio de Dios en favor de los propios hermanos y a dar testimonio del amor de Dios, transformando el mundo para que venga a ser una digna morada de los hombres. (15)

En el desempeño de su misión específica, que consiste en trasmitir de modo sistemático y crítico la cultura a la luz de la fe y de educar el dinamismo de las virtudes cristianas, promoviendo así la doble síntesis entre cultura y fe, y fe y vida, la educación católica es consciente de la importancia que tiene la enseñanza de la doctrina evangélica tal como es trasmitida por la Iglesia Católica. Ese es, pues, el elemento fundamental de la acción educadora, dirigido a orientar al alumno hacia una opción consciente, vivida con empeño y coherencia.

En este sentido, es necesario subrayar que la presentación y anuncio de la Buena Nueva de la salvación, no puede limitarse sólo a las clases de religión, o a algunos cursos y seminarios de teología, o a determinadas celebraciones litúrgicas, o a esporádicas publicaciones sobre fe y evangelización, o a opcionales actividades pastorales y de servicio. Ella ha de ser propuesta en todos los centros de formación católicos de una manera explícita, orgánica y sistemática, para evitar que se cree en el alumno un desequilibrio entre la cultura profana y la cultura religiosa. Una enseñanza tal, difiere fundamentalmente de cualquier otra, porque si bien respeta la libertad de conciencia y grados de respuesta de cada uno, no se propone como fin una simple adhesión intelectual a la verdad religiosa, sino el entronque personal de todo el ser con la persona de Cristo.(16)

 

Según su propia naturaleza, la Universidad Católica presta en este sentido una importante ayuda a la Iglesia en su misión evangelizadora. Se trata de un vital testimonio de orden institucional de Cristo y su mensaje, tan necesario e importante para las culturas impregnadas por el secularismo. Así, la forma en que todas las actividades fundamentales de una universidad católica, deberán vincularse y armonizarse con la misión evangelizadora de la Iglesia, se llevan a cabo a través de una investigación realizada a la luz del mensaje cristiano, que ponga los nuevos descubrimientos humanos al servicio de las personas y de la sociedad; la formación dada en un contexto de fe, que prepare personas capaces de un juicio racional y crítico, y conscientes de la dignidad trascendental de la persona humana; la formación profesional que comprenda los valores éticos y la dimensión de servicio a las personas y a la sociedad; el diálogo con la cultura, que favorezca una mejor comprensión de la fe; la investigación teológica, que ayude a la fe a expresarse en lenguaje moderno. La Iglesia, porque es cada vez más consciente de su misión salvífica en este mundo, quiere sentir estos centros cercanos a sí misma, desearía tenerlos presentes y operantes en la difusión del mensaje auténtico de Cristo. (17).

Desde esta base evangelizadora, la escuela católica está llamada a estructurarse como sujeto eclesial, es decir como lugar de autentica y específica acción pastoral. Ella comparte la misión evangelizadora de la Iglesia, y es lugar privilegiado en el que se realiza la educación cristiana. Ella es verdadero y propio sujeto eclesial en razón de su acción escolar, en la que se funden armónicamente fe, cultura y vida. Es preciso, por tanto, reafirmar con fuerza que la dimensión eclesial no constituye una característica yuxtapuesta, sino que es cualidad propia y específica, carácter distintivo que impregna y anima cada momento de la acción educativa, parte fundamental de su misma identidad y punto central de su misión. La promoción de tal dimensión es el objetivo de cada uno de los elementos que integran la comunidad educativa. En virtud, pues, de su identidad la escuela católica es lugar de verdadera experiencia eclesial, a condición que se de en plena comunión con la pastoral orgánica de la que la comunidad cristiana del sector es necesariamente la matriz.(18)

 

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La originalidad de la Comunidad Educativa Cristiana

 

Todas las escuelas católicas están llamadas a realizar la comunidad educativa y pastoral.

Ella involucra, en clima de familia, a jóvenes y adultos, a padres de familia y a los educadores de tal manera, que ésta pueda transformarse en una auténtica experiencia de Iglesia, reveladora del plan de Dios. La comunidad educativa, en efecto, es una instancia decisiva para la evangelización. El esfuerzo de unidad, vivido en el espíritu evangélico, es ya de por sí, testimonio vivo, más que una forma eficaz de anuncio. Más que por una formal organización de roles y funciones –que no deben faltar- se caracteriza por el espíritu que la anima y por el clima de familia. Pero en definitiva a lo que más se tiende es a que sea una comunidad de fe, donde Dios se hace presente y se comunica, donde hay capacidad de anuncio y fuerza de testimonio, donde se hace un auténtica experiencia e Iglesia como lugar de comunión y participación, en modo que los jóvenes puedan experimentar los valores de la comunión humana y cristiana con

Dios y con los hermanos. Por ello es una realidad siempre en crecimiento, que se forma y progresa.

Por todos estos motivos, los centros de formación católicos deben convertirse en «lugares de encuentro de aquellos que quieren testimoniar los valores cristianos en toda la educación».(19) Como toda otra institución educativa, y más que ninguna otra, la católica debe constituirse en comunidad que tienda a la transmisión de valores de vida.

Porque su proyecto, como se ha visto, tiende a la adhesión a Cristo, medida de todos los valores, en la fe. Pero la fe se asimila, sobre todo, a través del contacto con personas que viven cotidianamente la realidad: la fe cristiana nace y crece en el seno de una comunidad.(19)

La dimensión comunitaria de la educación católica viene, pues, exigida no sólo por la naturaleza del hombre y la del proceso educativo, como ocurre en las demás escuelas, sino por la naturaleza misma de la fe. Consciente de sus limitaciones para responder a los compromisos que se derivan de su propio proyecto educativo, la institución educativa católica sabe que ella constituye una comunidad que debe alimentarse y confrontarse con las fuentes de las que se deriva la razón de su existencia: la Palabra salvífica de Cristo, tal como se expresa en la Sagrada Escritura, en la Tradición sobre todo litúrgica y sacramental, y en la existencia de aquellos que la han vivido o la viven actualmente. Sin esta constante referencia a la Palabra y el encuentro siempre renovado con Cristo, la educación católica se alejaría de su fundamento. (20)

De este modo, la acogida a los grandes valores del proyecto educativo católica cala más hondo cuando lo que involucra al joven no es sólo una persona, sino todo un ambiente lleno de vida y de propuestas. Las relaciones marcadas por la confianza y el espíritu de familia, la alegría y la fiesta acompañadas por el trabajo y la reflexión seria y responsable, las expresiones libres y múltiples del protagonismo juvenil, así como la fraterna presencia de educadores cercanos, que saben hacer propuestas que respondan a los intereses de los jóvenes y al mismo tiempo sugieren opciones de valores y de fe, constituyen características claves desde las cuales iniciar o continuar el camino de educación en la fe de una comunidad educativa católica.

En sus últimas Orientaciones los Obispos chilenos, en efecto, han dicho: “Especial atención se debe dar a los centros educativos donde se imparte la educación católica, sean éstos de enseñanza básica, media o de estudios superiores. En ellos la comunidad educativa debe ser la instancia pastoral que vele por la consistencia de la educación en la fe doctrinal, sacramental, litúrgica y caritativa. Lo anterior supone una comunidad educativa que procure vivir los criterios del Evangelio que celebre la liturgia –aun dominical- que se solidarice con los pobres y que esté atenta a las necesidades de sus miembros. En este sentido “es oportuno recordar, en sintonía con el Concilio Vat. II, que la dimensión comunitaria de los centros católicos no es una característica psicológica, sino que también tiene un fundamento teológico.”(21)

En este estilo de comunidad, es fundamental tener siempre presente el rol que le cabe tanto a los educadores, como a los padres de familia

 En efecto, es evidente que semejante orientación de la enseñanza no depende tanto de la materia o de los programas, sino principalmente de las personas que los imparten.

Mucho dependerá de la capacidad de los maestros el que el proceso de enseñanza aprendizaje llegue a ser una escuela de fe, es decir, una transmisión del mensaje cristiano. La síntesis entre cultura y fe se realiza gracias a la armonía orgánica de fe y vida en la persona de los educadores. La nobleza de la tarea a la que han sido llamados reclama que, a imitación del único Maestro Cristo, ellos revelen el misterio cristiano no sólo con la palabra sino también con sus mismas actitudes y comportamiento.(22) A su vez, los docentes católicos, están llamados a esforzarse por mejorar cada vez más su propia competencia y por encuadrar el contenido, los objetivos, los métodos, experiencias de los aprendizajes, y el resultado de sus investigaciones en sus respectivas disciplinas, en el contexto de una coherente visión cristiana del mundo.

Desde esta perspectiva, se puede afirmar que la enseñanza puede formar el espíritu y el corazón del alumno, y disponerlo a adherirse a Cristo de una manera personal y con toda la plenitud de una naturaleza humana enriquecida por la cultura. (23)

 El educador laico católico, por tanto, es aquel que ejercita su ministerio en la Iglesia viviendo desde la fe su vocación secular en la estructura comunitaria de una institución educativa, con la mayor calidad profesional posible y con una proyección apostólica de esa fe en la formación integral del hombre, en la comunicación de la cultura, en la práctica de una pedagogía de contacto directo y personal con el alumno y en la animación espiritual de la comunidad educativa a la que pertenece y de aquellos estamentos y personas con los que la comunidad educativa se relaciona. El educador laico debe estar profundamente convencido de que entra a participar en la misión santificadora y educadora de la Iglesia, y, por lo mismo, no puede considerarse al margen del conjunto eclesial.(24).

 Educar a los jóvenes en la fe, debe ser para todo educador católico trabajo y oración. Ha de estar consciente que trabajando por la salvación de la juventud vive y manifiesta a sus alumnos la paternidad de Dios, que precede a toda criatura con su providencia, la acompaña con su presencia y la salva entregando día a día la propia vida. Santos educadores nos enseñan a reconocer la presencia operante de Dios en nuestro quehacer educativo y a sentirla como vida y amor.

 De este modo, los educadores cristianos, están llamados a creer que Dios ama a los jóvenes, que Jesús quiere compartir su vida con ellos, que son la esperanza de un futuro nuevo y llevan ocultas en sus anhelos, las semillas del Reino; que el Espíritu Santo se hace presente en los jóvenes y que por medio de ellos quiere edificar una comunidad humana y cristiana más auténtica; que Dios nos está esperando en ,los jóvenes para ofrecernos la gracia del encuentro con él y disponernos a servirle en ellos, reconociendo su dignidad y educándolos en la plenitud de la vida. Tal ha de ser la fe que debe estar en el origen de la vocación de servicio de un educador cristiano y que motiva su vida y todas sus actividades educativas. (25)

Los padres de familia, a su vez, y puesto han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por lo tanto, hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia, que cuando falta, difícilmente podrá suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan. (26.). Por lo tanto, los padres de familia no pueden quedar marginados del proceso educativo. Es urgente ayudarles a tomar conciencia de sus derechos y deberes y facilitarles la participación directa en las actividades y aún en sus organizaciones propias. (27). Es por ello que toda tarea educadora debe capacitar a la familia a fin de permitirle ejercer esa misión. (28).

En cuanto a los mismos estudiantes, ya los Obispos en Medellín, señalaban el protagonismo que están llamados a asumir en su propio proceso formativo. Ellos, afirmaban, insisten en que tome en cuenta su problemática y a ser escuchados respecto de su propia formación, ya que es preciso no olvidar que cada joven tiende hacia su propio autoperfeccionamiento. Se le deben anunciar los valores para que tomen una actitud de aceptación personal de los mismos. La autoeducación, resulta así un requisito indispensable para lograr la verdadera comunidad de educandos. De este modo, todos los integrantes de la comunidad educativa se transforman –de acuerdo a su rol- en agentes y destinatarios del proyecto educativo.

 

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La Globalización como contexto actual:

 

La identidad de la educación católica, sin embargo, no constituye algo estático, sino que constituye una enorme riqueza que debe renovarse permanentemente, en modo de dar respuesta a las grandes ansias, interrogantes y búsquedas de cada nueva generación. Ello le exige a nuestras instituciones educativas, vivir con pasión la hora presente, lo cual implica escuchar los gemidos del Pueblo de Dios y de la humanidad, e interpretar el tiempo actual desde la Palabra de Dios, en particular desde la Palabra hecha carne, es decir, desde Jesús, el Hijo de Dios Vivo.

Constatamos, en este sentido, que nos toca educar en tiempos de globalización, fenómeno en el que nuestro país se encuentra sumergido. Fenómeno real y complejo,que propicia una acelerada interacción entre los pueblos y los países del mundo, incidiendo fuertemente en el ámbito de la economía y el trabajo, del comercio y las finanzas internacionales, de las comunicaciones y las culturas del planeta. Incide, en una palabra, en casi todos los ámbitos de la vida humana. Este fenómeno se origina por los avances que se han dado, y se siguen dando, en el campo de la ciencia, la tecnología, la educación, la informática y el mercado libre, y por los grandes centros del poder político y económico. Ocasiona cambios que afectan a todos y que llegan hasta el interior de las personas: hasta su sentir, su pensar y sus costumbres. Lo que le pasa a una región de la tierra, le interesa a todas. Ya se trate de la irresponsabilidad ecológica, el armamento nuclear, las guerras civiles, el terrorismo, las migraciones, la producción de droga. Todo repercute en la globalidad. Todo afecta a todos.

 Más allá de sus innegables beneficios, que colaboran a que la historia camine hacia su real destino, debemos afirmar que se trata también de una “globalización asimétrica”.

Ésta tiende a acrecentar la desigualdad de oportunidades, la pobreza, la marginación, la corrupción, la nivelación cultural, la colonización económica y valórica. La globalización, manifestación de un auténtico cambio de época, en los últimos 20 años ha trastocado la organización económica y el trabajo, el comercio y las fuerzas internacionales, las relaciones sociales y los modelos de vida, los Estados y la política, las comunicaciones y las culturas del planeta. El nuevo contexto está lleno de factores positivos y negativos que podrían potenciar el desarrollo humano de nuestras comunidades y países o, por el contrario, ser factores de mayor exclusión y empobrecimiento.

 

Por otra parte, la globalización asimétrica de antivalores está provocando una verdadera

revolución en el ámbito de la cultura, y por ende al de la educación, ya que tiende a

alterar la identidad cultural de casi todos los pueblos. Mientras promueve el culto al

propio yo, al dinero y al placer, atenta contra la solidaridad con los marginados, contra

el respeto y el valor sagrado de la vida, contra el matrimonio, la familia y la

heterosexualidad, contra la identidad y misión de la mujer, contra la diversidad cultural, y contra la auténtica concepción de la libertad, cuya vocación es aliarse con la verdad, la belleza y el bien. En definitiva, como toda criatura gestada por el hombre, la

globalización será aquello que nosotros hagamos de ella. (29)

 

Esto ocurre en nuestro continente, donde el mercado laboral está subevaluado y

deprimido, y donde existe una progresiva y amenazante degradación ambiental; en un

continente que continúa siendo una de las regiones menos equitativas del mundo, la

brecha entre ricos y pobres se amplía en lugar de disminuir, y los esfuerzos para

disminuir significativamente la pobreza casi siempre son insuficientes o inadecuados.

Las desigualdades, fruto de la inadecuada distribución de la educación y de la riqueza,

hieren severamente el tejido social. En este escenario, son una escasa excepción los

pobres que poseen las oportunidades que les son necesarias para su desarrollo integral.

 

La evidencia empírica permite afirmar que en A. Latina se mantiene una grave injusticia social, que frena el posible desarrollo humano de millones de habitantes.

Nuestra cosmovisión cristiana nos aproxima al fenómeno de la globalización desde los

criterios fundamentales de la dignidad de la persona humana, cuyo bien es el criterio

último de todo progreso, y de su vocación a la comunión , desde el destino universal de

los bienes y la opción evangélica por los pobres, y desde la visión del universo como

creación de Dios, confiada al ser humano para que lo contemple y lo admire según el

querer del Creador. Nuestro deber como educadores católicos consiste en humanizar la

globalización y globalizar la solidaridad.

 

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Algunos desafíos que emergen para la educación católica:

 

La opción por los pobres

Los Obispos de Chile, en reciente documento sobre las Acentuaciones de las

Orientaciones Pastorales, señalan que el Señor se identificó con los pobres, los

sufrientes, los sin casa, los enfermos, los excluidos. Así lo enseña la tradición patrística

y la más genuina tradición espiritual; también lo hizo San Alberto Hurtado al decirnos

que el pobre es Cristo. Desde los pobres, Cristo nos habla, nos interpela, nos evangeliza.

La solidaridad del Hijo eterno de Dios con la humanidad -¡se hizo hombre y habitó

entre nosotros!- es la causa de nuestra opción preferencial por los pobres: Por esa sola

razón, los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera sea su situación moral o

personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios para ser sus hijos,

esta imagen está ensombrecida y aún escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los

ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios de la misión, y su

evangelización es por excelencia señal y prueba de la misión de Jesús (30)

 

El Papa Benedicto XVI por otra parte, afirma que este amor al prójimo, enraizado en el

amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la

comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la

Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. (31). Por lo tanto,

la opción por los pobres se transforma también en un elemento distintivo y por lo tanto

permanente de la identidad de cada comunidad educativa católica.

 

Es por ello, que el Papa Juan Pablo II, exhortaba a que el servicio e influjo de los

distintos centros de la Iglesia dedicados a la enseñanza, llegue a todos los sectores de la

sociedad sin distinciones ni exclusivismos. Es indispensable por lo tanto, -continuaba

diciendo- que se realicen todos los esfuerzos posibles para que las instituciones

católicas, a pesar de las dificultades económicas, continúen impartiendo educación

cristiana a los pobres y a los marginados de la sociedad. Nunca será posible liberar a los

indigentes de su pobreza si antes no se los libera de la miseria debida a la carencia de

una educación digna. (32).

 

Los Pastores reunidos en Medellín, por su parte, insistían en que se aplique la

recomendación del Concilio Vat. II, referente a una efectiva democratización de la

escuela católica, de tal manera que todos los sectores sociales, sin discriminación

alguna, tengan acceso a ella y adquieran en la misma una auténtica conciencia social

que informe su vida (33). Porque la Iglesia ofrece su servicio educativo en primer lugar

a aquellos que están desprovistos de los bienes de la fortuna, a los que se ven privados

de la ayuda y del afecto de la familia, o aquellos que están lejos del don de la fe. (34).

En este sentido, solicitaban los Obispos también en Puebla, que dentro de su misión

específica, la misma Universidad Católica deberá vivir un continuo autoanálisis y hacer

flexible su estructura operacional para responder al desafío de su región o país,

mediante el ofrecimiento de carreras cortas especializadas, educación continuada para

adultos, extensión universitaria con oferta de oportunidades y servicios para grupos

marginados y pobres. (P.1062).El llamado de los Pastores en esa Asamblea es a dar

prioridad en el campo educativo a los numerosos sectores pobres de nuestra población,

marginados material y culturalmente, orientando preferentemente hacia ellos, los

servicios educativos de la Iglesia. (35).

 

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Las Reformas Educacionales

 

El Documento de Participación del CELAM en vista a la próxima Conferencia General

en Brasil, afirma que las nuevas reformas educacionales de nuestro continente,

impulsadas justamente para adaptarse a las nuevas exigencias que se van creando con el

cambio global, aparecen centradas prevalentemente en la adquisición de conocimientos

y habilidades, denotan un claro reduccionismo antropológico, ya que conciben la

educación en función de la producción, la competitividad y el mercado. Por otra parte,

con frecuencia propician la inclusión de factores contrarios a la vida, la familia y una

sana sexualidad. De esta forma no despliegan los mejores valores de los jóvenes ni su

espíritu religioso; tampoco les enseñan los caminos para superar la violencia y acercarse

a la felicidad, ni les ayudan a llevar una vida sobria y adquirir aquellas actitudes,

virtudes y costumbres que harán estable el hogar que funden, y que les convertirán en

constructores solidarios de la paz y del futuro de la sociedad. Falta mucha equidad en el

acceso, con igualdad de oportunidades, de todos los jóvenes a la educación. El aumento

de los embarazos adolescentes, del consumo de droga y de alcohol, como también de la

violencia intraescolar, es un fenómeno grave, que exige un análisis interdisciplinar y

profundo y la superación de sus causas.(36).

 

El aporte de las Instituciones Educativas Católicas

En este sentido, la Universidad Católica, por ejemplo, está llamada a que sus

actividades de investigación incluyan, por tanto, el estudio de los graves problemas

contemporáneos, tales como, la dignidad de la vida humana, la promoción de la justicia

para todos, la calidad de vida personal y familiar, la protección de la naturaleza, la

búsqueda de la paz y de la estabilidad política, una distribución más equitativa de los

recursos del mundo y un nuevo ordenamiento económico y político que sirva mejor a la

comunidad humana a nivel nacional e internacional. La investigación universitaria se

deberá dedicar a estudiar en profundidad las raíces y las causas de los graves problemas

de nuestro tiempo, prestando especial atención a sus dimensiones éticas y religiosas. Si

es necesario, la Universidad católica deberá tener la valentía de expresar verdades

incómodas, verdades que no halagan a la opinión pública, pero que son también

necesarias para salvaguardar el bien auténtico de la sociedad. (37).

En la escuela católica, a su vez, y en virtud que cuanto se ha ya expresado, ningún

joven puede quedar excluido de la esperanza y de la acción de la comunidad educativa,

sobre todo si sufre pobreza, derrota y pecado. Este compromiso, sin embargo, choca a

menudo contra un obstáculo: a muchos jóvenes no les llega ni nuestro mensaje, ni

nuestro testimonio. Entre nosotros y no pocos de ellos, hay una distancia, que muchas

veces es física, que sobre todo es psicológica y cultural. Ir y acercarse a los jóvenes,

acogerlos desinteresadamente y con solicitud en nuestros ambientes educativos y

ponernos en atenta escucha de sus demandas y aspiraciones, han de ser para nuestros

centros de formación, opciones fundamentales que preceden a cualquier otro paso en el

camino de educación en la fe. Éste empieza con la valorización del patrimonio que todo

joven lleva dentro de sí, y que un verdadero educador saber descubrir con inteligencia y

paciencia. .De este modo, la vida de los jóvenes es a la vez, punto obligado de donde

partir para un camino de fe, referencia continua en su desarrollo y punto de llegada,

cuando se ha transformado y encausado hacia su plenitud en Jesucristo.

Dentro de este contexto, la invitación de la Iglesia es a promover de igual forma la

educación no formal, para revitalizar nuestra cultura popular, haciendo manifiestos los

valores y símbolos hondamente cristianos de la cultura latinoamericana. Acompañar la

alfabetización de los grupos marginales con acciones educativas que los ayuden a

comunicarse eficazmente; tomar conciencia de sus deberes y derechos; comprender la

situación en que viven y discernir sus causas; capacitarse para organizarse en lo civil, lo

laboral y político y poder así participar plenamente en los procesos decisorios que les

atañen. (38).

 

Espacios para una propuesta de formación y acompañamiento

El camino de fe y espiritualidad juvenil que promueve la educación católica, ha de

asumir con seriedad el compromiso de los jóvenes que trabajan por construirse una

identidad, conciliando dinámicamente tres aspectos claves en esta etapa de sus vidas,

como son: los impulsos de sus energías internas, los numerosos y variados mensajes y

propuestas que surgen del contexto socio-cultural, y los horizontes que les permiten

vislumbrar la hora que les toca vivir.

Tres pueden ser también los espacios en la formación juvenil, en donde la educación

católica debería sentirse llamada a anunciar esta fe como dadora de sentido y de fuerza

existencial: la formación de la conciencia moral, la educación en el amor y la

sexualidad, y el desarrollo de la dimensión social y política de la caridad.

 

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La Formación de la Conciencia:

 

La primera tarea es ayudar al joven a adquirir la suficiente capacidad de juicio y de

discernimiento ético. Debe estar en condiciones de distinguir el bien del mal, el pecado

de las estructuras de pecado, la acción de Dios en su persona y en la historia. Tender a

un discernimiento de este género, como eje de formación de la conciencia, significa

también aclarar el objetivo de toda formación moral: hacerse capaz de ejercer

moralmente la propia autonomía y responsabilidad. Se necesita igualmente una seria

formación crítica acerca de los valores culturales y ciertas normas de convivencia social

que contrastan con valores fundamentales. Hay que saber tomar posición frente a ellos,

provocando una situación de objeción sobre la base de la propia conciencia, inspirada en

Cristo y su Evangelio. Esto defiende de ambigüedades justificadas racionalmente, de

ideologías recurrentes y de la superficialidad de juicio acerca de los acontecimientos,

cuya naturaleza más profunda delata.

 

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La Educación en el Amor:

 

La educación católica considera el amor como una dimensión fundamental de la

persona. Es el resorte que hace saltar la vida. Es lo que da sentido a la existencia,

abriéndola a la comprensión y a la donación desinteresada y aún sacrificada de sí. Los

jóvenes suelen vivirlo con totalidad y exclusividad, hasta el punto de posponer cualquier

otro valor y compromiso. Es por ello, que la educación católica se esfuerza por

favorecer y promover la maduración de los jóvenes educándolos también en el amor.

Ella está convencida que el misterio de Cristo, su vida y sus hechos, son propiamente la

revelación plena y normativa del amor auténtico. Como primera cosa, se esfuerza por

crear alrededor de los jóvenes, en todos los ambientes, un clima educativo rico en

intercambios comunicativo-afectivos. El sentirse acogido, reconocido, estimado y

querido, es la mejor lección sobre el amor. Se trata de fortalecer los signos y gestos de

familia. La pedagogía cristiana tiene la convicción que una formación integral, más la

presencia de Dios en los jóvenes, los llevará a apreciar valores que son expresión de una

sexualidad auténtica, como el respeto de sí mismo y de los otros, la dignidad de la

persona, la transparencia en las relaciones, al margen de toda manipulación, y la

reciprocidad entre muchachos y niñas. Ésta, entendida como enriquecimiento mutuo,

que abre al dialogo y a la atención y descubrimiento del otro, quién se siente acogido en

su ser y en su dignidad personal.

La Iglesia entiende educar adecuadamente en la sexualidad, cuándo ésta llega a ser

internalizada como valor, que va madurando progresivamente a la persona, hasta

desarrollar en ella virtudes, destrezas y competencias que la hagan capaz de

comprenderla y expresarla como don que se ha de intercambiar en una relación de

pareja definitiva, exclusiva, total y abierta a la vida, a la procreación responsable.

-La Formación Social y Política

La Iglesia busca en efecto, a través de sus Instituciones educativas, preparar una

generación capaz de construir un orden social más humano para todos. Se trata, por

tanto, de superar un género de indiferencia creciente y generalizada, de ir contra

corriente y educar en el valor de la solidaridad, contra la praxis de la competencia

exacerbada y del provecho individual. Hoy, en un mundo neoliberal y de mercado, para

un porcentaje importante de jóvenes es muy fuerte la tentación de refugiarse en lo

privado y en una gestión consumista de la vida, a lo cual hay que agregar el recelo que

nace ante hechos de ruptura entre ética y política y cuya señal proviene de situaciones

de corrupción.

 

A este punto, nace la necesidad urgente en la educación católica de individuar actitudes

y proyectar iniciativas que ayuden a los jóvenes de hoy a expresar con la vida la

verdadera dimensión social de la caridad cristiana. La indicación más general es a

trabajar, en el camino de la fe en Jesucristo, para hacer resaltar el valor absoluto de la

persona y su inviolabilidad, que está por encima de los bienes materiales y de toda

organización. Aquí tenemos la clave crítica para evaluar situaciones éticas anormales y

hacer opciones personales frente a los despiadados mecanismos de la manipulación.

De este modo, la Iglesia solicita que la primera atención pedagógica sea acompañar a

los jóvenes en el conocimiento adecuado de la compleja realidad sociopolítica en que

viven, y simultáneamente, mirar al mundo, a sus problemas y dramas y a los

mecanismos perversos que en muchos países agigantan situaciones de sufrimiento e

injusticia, evaluando a partir del Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, los hechos

y sistemas con mirada crítica y serena. Esta será la plataforma desde la cual los jóvenes

sean introducidos en un proceso de desarrollo de actitudes relacionadas con la

solidaridad, la justicia y la paz, mediante experiencias significativas de compromiso

social, que les permitan ir asumiendo el desafío de ser constructores de la civilización

del amor.

 

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Conclusión

 

La misión primaria de la Iglesia es anunciar el Evangelio de manera tal que garantice la

relación entre fe y vida tanto en la persona individual como en el contexto socio-cultural

en que las personas viven, actúan y se relacionan entre sí, en modo de alcanzar y lograr

transformar mediante la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores

determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras

y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y

el designio de salvación”. (39).

 

Por lo tanto, la meta que la educación católica se propone respecto de los jóvenes, es la

de colaborar en la construcción de su personalidad teniendo a Cristo como referencia en

el plano de la mentalidad y de la vida. Tal referencia, al hacerse progresivamente

explícita e interiorizada, le ayudará a ver la historia como Cristo la ve, a juzgar la vida

como él lo hace, a elegir y amar como él, a cultivar la esperanza como él nos enseña, y a

vivir en él la comunión con el Padre y el Espíritu Santo. Por la fecundidad misteriosa de

esta referencia, la persona se construye en unidad existencial, o sea, asume sus

responsabilidades y busca el significado último de su vida. Situada en la Iglesia,

comunidad de creyentes, logra con libertad vivir intensamente la fe, anunciarla y

celebrarla con alegría en la realidad de cada día. Como consecuencia, maduran y

resultan connaturales las actitudes human as que llevan a abrirse sinceramente a la

verdad, a respetar y amar a las personas, a expresar su propia libertad en la donación de sí y en el servicio a los demás.

 

Finalmente, y sin perjuicio de lo anterior, es necesario señalar que la validez de los

resultados educativos de las instituciones católicas, no se mide en términos de eficacia

inmediata: en la educación cristiana, además de la libertad del educador y de la libertad

del educando, colocados en relación dialogal, se debe tener en consideración el factor de

la “gracia”.Libertad y gracia maduran sus frutos según el ritmo del espíritu, que no se

mide sólo con categorías temporales. La gracia, al injertarse en la libertad, puede guiarla hacia su plenitud que es la libertad del Espíritu. Cuando colabora consciente y

explícitamente con esa fuerza liberadora, los centros católicos de formación, se convierten en levadura cristiana del mundo.

 

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Citas y Referencias:

 

(1) Sagrada Congregación para la Educación Católica, La Escuela Católica, Nº 25.

Roma, 1977.- En adelante (E.C);

(2) Consejo Episcopal Latinoamericano, Documento Conclusivo de la Asamblea

General de Santo Domingo, nº 265. 1968. En adelante (S.D);

(3) Consejo Episcopal Latinoamericano, Documento Conclusivo Asamblea General

de Puebla, nº 1025. 1979.- En adelante (P)

(4) E.C, 65-66;

(5) S.D., 265;

(6) Juan Pablo II, Carta Apostólica Iuvenum Patris, con ocasión del centenario de la

muerte de San Juan Bosco, Roma, 1988, nº 10.

(7) E.C., 34;

(8) Sagrada Congregación para la Educación Católica, El Laico Educador, Testigo

de Fe en la Escuela, Roma, 1982. nº 18. En adelante (L.E.);

(9) E.C., 38;

(10) Juan Pablo II, Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, sobre las

Universidades Católicas. Roma, 1990. nº4; En adelante (E.C.E.);

(11) E.C.E., 41; (10) Juan Pablo II, Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, sobre las

(12) Concilio Vaticano II, Constitución Apostólica Gaudium et Spes. Roma,

1963. nº 36;

(13) E.C.E., 19; (12) Concilio Vaticano II, Constitución Apostólica Gaudium et Spes. Roma,

(14) E.C.E.,20;

(15) E.C., 45;

(16) E.C.,50;

(17) E.C.E., 49;

(18) Sagrada Congregación para la Educación Católica, La Escuela Católica

en los Umbrales del Tercer Milenio. Roma, 1997. nº11-12;

(19) E.C., 53;

(20) E.C., 54;

(21) Conferencia Episcopal de Chile, Orientaciones Pastorales 2000.2005,

nº114;

(22) E.C., 43;

(23) E.C.E.,22;

(24) L.E., 24;

(25) Congregación Salesiana, Capítulo General XXIII, La Educación de los

Jóvenes en la Fe, Roma, 1990. nº95;

(26) Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum Educationis. Roma

1965. nº 3; En adelante, (G.E.);

(27) Consejo Episcopal Latinoamericano, Documento Conclusivo Asamblea

General de Medellín, 1968. nº12. En adelante (MED);

(28) P., 1036;

(29) Consejo Episcopal Latinoamericano, Hacia la Vª Conferencia del

Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Participación. Bogotá

2005. En adelante (DoPa);

(30) Conferencia Episcopal de Chile, Acentuaciones de las Orientaciones

Pastorales 2006-2007, nº 16;

(31) Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus est Caritas. Roma 2006, nº 20;

(32) Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal, Ecclesia in America.

México 1999, nº 71;

(33) MED, 18;

(34) G.E., 9;

(35) P.,1043;

(36) DoPa, 128;

(37) E.C.E.,32;

(38) P.1045-47;

(39) Paulo VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, sobre la

Evangelización del Mundo Contemporáneo. Roma, 1975. nº 18 ss.-

 

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