ACERCA DE LA IDENTIDAD DE LA
EDUCACIÓN CATÓLICA
Metodología MAD:
Módulos “Amor de Dios”
Profesores de Religión que
trabajan con la Metodología MAD:
Hace mucho tiempo que no había
visto ni escuchado,
algo tan específico y fundamental sobre la educación católica como en esta
ponencia del Obispo de Arica +
Héctor Vargas Bastidas,
en el Primer Congreso Nacional de Educación Católica.
Recomiendo leerla por su
claridad y profundidad. Además es el fundamento del Sector de Religión.
La Metodología MAD (Modular
Activa Dirigida) concuerda plenamente con los planteamientos de la “Identidad de
la Educación Católica” y especialmente cuando los laicos católicos están
involucrados.
Rodolfo Mendoza
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ACERCA DE LA IDENTIDAD DE LA EDUCACIÓN CATÓLICA
Ponencia presentada en el Primer Congreso Nacional de Educación
Católica
Santiago de Chile, 18 de Octubre de 2006
+Héctor Vargas Bastidas, sdb
Obispo de Arica
Presidente Área de Educación de la CECH
El Concepto de Educación
Para comprender bien la misión específica de la educación
católica, conviene partir de una reflexión sobre el concepto de «educación»,
teniendo presente que si no es «educación» y no reproduce los elementos
característicos de ésta, tampoco puede aspirar a ser educación «católica». (1)
La educación la queremos concebir fundamentalmente como un
proceso de formación integral, mediante la asimilación sistemática y crítica de
la cultura. Y ésta, entendida como rico patrimonio a asimilar, pero y también
como un elemento vital y dinámico del cual forma parte. Ello exige confrontar e
insertar valores perennes en el contexto actual.
De este modo, la cultura se hace educativa. Una educación que no
cumpla esta función limitándose a elaboraciones prefabricadas, se convertirá en
un obstáculo para el desarrollo de la personalidad de los alumnos. De lo dicho
se desprende la necesidad que todo centro de formación confronte su propio
programa formativo, sus contenidos, sus métodos, con la visión de la realidad en
la que se inspira y de la que depende su ejercicio.
Es decisivo que todo miembro de la comunidad educativa tenga
presente tal visión de la realidad, visión que se funda, de hecho, en una
escala de valores en la que se cree y que confiere a maestros y adultos
autoridad para educar. No se puede olvidar que se enseña para educar, o sea,
para formar al hombre desde dentro, para liberarlo de los condicionamientos que
pudieran impedirle vivir plenamente como hombre.
Los Pastores de América Latina reunidos en la Asamblea de Santo
Domingo, afirmaban, en efecto, que “ningún maestro educa sin saber para qué
educa, y que a su vez siempre existe un proyecto de hombre encerrado en todo
proyecto educativo; y que este proyecto vale según construya o destruya al
educando. Este es el valor educativo.”(2).
Lo anterior incluye poner de relieve la dimensión ética y
religiosa de la cultura, precisamente con el fin de activar el dinamismo
espiritual del sujeto y ayudarle a alcanzar la libertad ética que presupone y
perfecciona a la psicológica. Pero no se da libertad ética sino en la
confrontación con los valores absolutos de los cuales depende el sentido y el
valor de la vida del hombre. Se dice esto, porque, aun en el ámbito de la
educación, se manifiesta la tendencia a asumir la actualidad como parámetro de
los valores, corriendo así el peligro de responder a aspiraciones transitorias y
superficiales y perder de vista las exigencias más profundas del mundo
contemporáneo, como son formar personalidades fuertes y responsables, capaces de hacer
opciones libres y justas.
Característica a través de lo cual los jóvenes se capacitan para
abrirse progresivamente a la realidad y formarse una determinada concepción de
la vida.
Así configurada, la educación supone no solamente una elección de
valores culturales, sino también una elección de valores de vida que deben estar
presentes de manera operante. La educación, entonces se transforma en una
actividad humana del orden de la cultura, la cual tiene una finalidad
esencialmente humanizadora. Se comprende, por lo tanto, que el objetivo de toda
educación genuina es la de humanizar y personalizar al hombre, sin desviarlo,
antes bien, orientándolo hacia su fin último que trasciende la finitud esencial
de la persona. La educación, en consecuencia resultará más humanizadora en la
medida en que más se abra a la trascendencia, es decir a la Verdad y al Sumo
Bien. La educación, en definitiva, humaniza y personaliza al hombre, cuando
logra que éste desarrolle plenamente su pensamiento y su libertad, haciéndolo
fructificar en hábitos de comprensión y de comunión con la totalidad del orden
real por los cuales la misma persona humaniza su mundo, produce cultura,
transforma la sociedad y construye la historia. (3)
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El carácter específico de la educación católica:
Después de haber señalado en modo muy sintético algunas
características sobre la identidad de la educación en general, es posible ahora
concentrar la atención en aquello que la especifica como católica. Hoy como en
el pasado, algunas instituciones educativas que se dicen católicas, pareciera
que no responden plenamente al proyecto educativo que debería distinguirlas y,
por lo tanto, no cumplen con las funciones que la Iglesia y la sociedad tendrían
derecho a esperar de ellas. Lo que falta muchas veces a los católicos que
trabajan en las mencionadas instituciones, en el fondo es, quizás, una clara
conciencia de la identidad católica de las mismas, y la audacia para asumir
todas las consecuencias que se derivan de su diferencia respecto de otro tipo de
centros de formación. Por tanto se debe reconocer que su tarea se presenta como
ardua y compleja, sobre todo hoy, cuando el cristianismo debe ser encarnado en
nuevas formas de vida por las transformaciones que tienen lugar en la Iglesia y
en la sociedad, particularmente a causa del pluralismo y de la tendencia
creciente a marginar el mensaje cristiano. Lo que la define en este sentido es
su referencia a la concepción cristiana de la realidad. Jesucristo es el centro
de tal concepción.(4).
Cuando hablamos de una educación cristiana, por lo tanto,
hablamos de que el maestro educa hacia un proyecto de persona en el que viva
Jesucristo; hay muchos valores; pero estos valores nunca están solos, siempre
forman una constelación ordenada explícita e implícitamente. Si la ordenación
tiene como fundamento y término a Cristo, entonces esta educación está
recapitulando todo en Cristo y es una verdadera educación cristiana; si no,
puede hablar de Cristo, pero corre el riesgo de no ser cristiana. (5). Se da de
este modo una compenetración entre los dos aspectos. Lo cual significa que no se
concibe que se pueda anunciar el Evangelio sin que éste ilumine, infunda aliento
y esperanza, e inspire soluciones adecuadas a los problemas de la existencia del
hombre; ni tampoco que pueda pensarse en una verdadera
promoción del hombre sin abrirlo a Dios y anunciarle a Jesucristo. (6)
De este modo, estamos en condiciones de afirmar que en el
proyecto educativo católico, Cristo el Hombre perfecto, es el fundamento, en
donde todos los valores humanos encuentran su plena realización y, de ahí su
unidad: El revela y promueve el sentido nuevo de la existencia, y la transforma
capacitando al hombre y a la mujer a vivir de manera divina, es decir, a pensar,
querer y actuar según el Evangelio, haciendo de las bienaventuranzas la norma de
su vida. Precisamente por la referencia explícita, y compartida por todos los
miembros de la comunidad escolar, a la visión cristiana -aunque sea en grado
diverso, y respetando la libertad de conciencia y religiosa de los no
cristianos presentes en ella- es por lo que la educación es
«católica», porque los principios evangélicos se convierten para ella en normas
educativas, motivaciones interiores y al mismo tiempo en metas finales. Este es
el carácter específicamente católico de la educación. Jesucristo, pues, eleva y
ennoblece a la persona humana, da valor a su existencia y constituye el perfecto
ejemplo de vida y la mejor noticia, propuesto por los centros de formación
católica a los jóvenes. (7).
Dentro del mundo pluralista de hoy, el educador católico está
llamado, entonces, a guiarse conscientemente en su tarea por la concepción
cristiana del hombre en comunión con el magisterio de la Iglesia. Concepción
que, incluyendo la defensa de los derechos humanos, coloca a la persona en la
más alta dignidad, la de hijo de Dios; en la más plena libertad, liberado por
Cristo del pecado mismo; en el más alto destino, la posesión definitiva y total
del mismo Dios por el amor. Lo sitúa en la más estrecha relación de solidaridad
con los demás hombres por el amor fraterno y la comunidad eclesial; lo impulsa al más alto desarrollo de todo lo humano,
porque ha sido constituido señor del mundo por su propio Creador; le da, en fin,
como modelo y meta a Cristo, Hijo de Dios encarnado, perfecto Hombre, cuya
imitación constituye para el hombre fuente inagotable de superación personal y
colectiva. De esta forma, el educador católico, como bien afirmaba Paulo VI,
puede estar seguro de que hace al hombre más hombre. Corresponderá, sobre todo,
al educador laico comunicar existencialmente a sus alumnos que las personas
inmersas cotidianamente en lo terrenal, aquellas que viven la vida propia del
mundo, y por eso constituye la inmensa mayoría de la familia humana,
están en posesión de tan excelsa dignidad.
(8). Contenidos y fines distintivos de la educación católica
Estas premisas permiten indicar las tareas y explicitar los
contenidos de la educación católica. Las tareas se polarizan en la síntesis
entre cultura y fe, y entre fe y vida; tal síntesis se realiza mediante la
integración de los diversos contenidos del saber humano, especificado en las
distintas disciplinas, a la luz del mensaje evangélico, y mediante el desarrollo
de las virtudes que caracterizan al cristiano.
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Síntesis entre fe y cultura
Al proponerse promover entre los alumnos la síntesis entre fe y
cultura a través de la enseñanza, la educación católica parte de una concepción
profunda del saber humano en cuanto tal, y no pretende en modo alguno desviar la
enseñanza y los aprendizajes del objetivo que le corresponde en la educación
escolar, superior o no formal. (9). En este contexto se cultivan todas las
disciplinas con el debido respeto al método particular de cada una. Sería
erróneo considerar estas disciplinas como simples auxiliares de la fe o como
medios utilizables para fines apologéticos. Ellas permiten aprender técnicas,
conocimientos, métodos intelectuales, actitudes morales y sociales que capaciten
al alumno para desarrollar su propia personalidad e integrarse como miembro
activo en la comunidad humana. Presentan, pues, no sólo un saber que adquirir,
sino también valores que asimilar y en particular verdades que descubrir.
Dentro de este desafío de la integración fe-cultura, es que nace
la responsabilidad de la educación católica de consagrarse sin reservas a la
causa de la verdad, distinguiéndose por su libre búsqueda de toda la verdad
acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios.
Nuestra época, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma
de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor
fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del
hombre. (10)
En la medida en que las diversas materias se cultivan y se
presentan como expresión del espíritu humano que, con plena libertad y
responsabilidad busca el bien, ellas son ya en cierta manera cristianas, porque
el descubrimiento y el reconocimiento de la verdad orienta al hombre a la
búsqueda de la Verdad total. El maestro, preparado en la propia disciplina, y
dotado además de sabiduría cristiana, transmite al alumno el sentido profundo de
lo mismo que enseña y lo conduce, trascendiendo las palabras, al corazón de la
verdad total. Este saber, sin embargo, no es único ni uniforme, menos aún en la
cultura actual, en donde el saber aumenta a diario y se incrementa la
especialización del
conocimiento. Por lo tanto, la investigación en la educación
católica, busca lograr la necesaria integración de todo el saber como una tarea
permanente y siempre perfeccionable. Ayudados por la filosofía y la teología,
los constructores y animadores de un proyecto educativo católico, deben
esforzarse constantemente en determinar el lugar que le corresponde y el sentido
de cada una de las diversas disciplinas en el marco
de una visión de la persona humana y del mundo iluminada por el
Evangelio, y, consiguientemente, por la fe en Cristo como centro de la creación
y de la historia. (11)
Promoviendo dicha integración, la educación católica debe
comprometerse, más específicamente, en el diálogo entre fe y razón, de modo que
se pueda ver más profundamente cómo fe y razón se encuentran en la única verdad.
Aunque conservando cada disciplina su propia identidad y sus propios métodos,
éste diálogo pone en evidencia que “la investigación metódica en todos los
campos del saber, si se realiza de una forma auténticamente científica y
conforme a las leyes morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque
las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en el mismo Dios” (12)
La vital interacción de los dos distintos niveles de conocimiento
de la única verdad conduce a un amor mayor de la verdad misma y
contribuye a una mejor comprensión de la vida humana y del fin de la creación.
La teología desempeña un papel particularmente importante en la
búsqueda de esta síntesis del
saber, como también en el diálogo entre fe y razón. Ella presta, además, una
ayuda a todas las otras disciplinas en su búsqueda de
significado, no sólo ayudándoles a examinar de qué modo
sus descubrimientos influyen sobre las personas y la sociedad,
sino dándoles también una perspectiva y una orientación que no
están contenidas en sus metodologías propias. A su vez,
la interacción con estas otras disciplinas y sus hallazgos
enriquece a la teología, proporcionándole una mejor comprensión
del mundo de hoy y haciendo que la
investigación teológica se adapte mejor a las exigencias actuales. (13).
Así, mientras cada disciplina se enseña de manera sistemática y
según sus propios métodos, la
interdisciplinariedad, apoyada por la contribución de la filosofía y de la
teología, ayuda a los estudiantes a adquirir una visión orgánica
de la realidad y a desarrollar un deseo incesante de
progreso intelectual. En la comunicación del saber se hace resaltar cómo la razón humana en su reflexión se abre a cuestiones siempre
más vastas, y cómo la respuesta
completa a las mismas proviene de lo alto a través de la fe.
Además, las implicaciones morales, presentes en toda disciplina,
son consideradas como parte
integrante de la enseñanza de la misma disciplina; y esto para que todo el
proceso educativo esté orientado, en
definitiva, al desarrollo integral de la persona.(14)
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Síntesis entre fe y vida
Fundada en la asimilación de los valores objetivos, la enseñanza,
en su dimensión apostólica, no se
limita a la síntesis entre fe y cultura, sino que tiende a realizar en el
alumno una síntesis personal entre fe y
vida.
Para lograr esta síntesis en la persona del alumno, la Iglesia
–consciente que no basta ser bautizado para ser cristiano, sino que se requiere vivir y obrar conforme al
Evangelio- sabe que el hombre necesita ser formado en un
proceso de continua conversión para que por medio de las
virtudes teologales llegue a ser aquello que Dios quiere que sea. Ella
enseña a los jóvenes a dialogar con Dios
en las diversas situaciones de su vida personal.
Los estimula a superar el individualismo y a descubrir, a la luz
de la fe, que están llamados a
vivir, de una manera responsable, una vocación específica en un contexto de
solidaridad con los demás hombres. La trama misma de la humana
existencia los invita, en cuanto cristianos, a
comprometerse en el servicio de Dios en favor de los propios
hermanos y a dar testimonio del amor de Dios, transformando el
mundo para que venga a ser una
digna morada de los hombres. (15)
En el desempeño de su misión específica, que consiste en
trasmitir de modo sistemático y
crítico la cultura a la luz de la fe y de educar el dinamismo de las virtudes
cristianas, promoviendo así la doble síntesis entre
cultura y fe, y fe y vida, la educación católica es consciente de la importancia que tiene la enseñanza de la doctrina evangélica
tal como es trasmitida por la Iglesia Católica. Ese es,
pues, el elemento fundamental de la acción educadora,
dirigido a orientar al alumno hacia una opción consciente, vivida con
empeño y coherencia.
En este sentido, es necesario subrayar que la presentación y
anuncio de la Buena Nueva de la
salvación, no puede limitarse sólo a las clases de religión, o a algunos cursos
y seminarios de teología, o a determinadas celebraciones
litúrgicas, o a esporádicas publicaciones sobre fe y
evangelización, o a opcionales actividades pastorales y de
servicio. Ella ha de ser propuesta en todos los centros de
formación católicos de una manera explícita, orgánica y
sistemática, para evitar que se cree en el alumno un desequilibrio entre la cultura profana y la cultura religiosa. Una enseñanza
tal, difiere fundamentalmente de cualquier otra, porque
si bien respeta la libertad de conciencia y grados de
respuesta de cada uno, no se propone como fin una simple adhesión
intelectual a la verdad religiosa, sino el entronque personal de
todo el ser con la persona de
Cristo.(16)
Según su propia naturaleza, la Universidad Católica presta en
este sentido una importante ayuda a
la Iglesia en su misión evangelizadora. Se trata de un vital
testimonio de orden institucional de Cristo y su mensaje, tan
necesario e importante para las culturas impregnadas por
el secularismo. Así, la forma en que todas las actividades fundamentales de una universidad católica, deberán vincularse y
armonizarse con la misión evangelizadora de la Iglesia, se
llevan a cabo a través de una investigación realizada a
la luz del mensaje cristiano, que ponga los nuevos descubrimientos humanos al servicio de las personas y de la sociedad; la
formación dada en un contexto de fe, que prepare personas
capaces de un juicio racional y crítico, y conscientes de
la dignidad trascendental de la persona humana; la formación
profesional que comprenda los valores éticos y la dimensión de
servicio a las personas y a la sociedad; el diálogo con
la cultura, que favorezca una mejor comprensión de la fe; la investigación teológica, que ayude a la fe a expresarse en lenguaje moderno.
La Iglesia, porque es cada vez más consciente de su
misión salvífica en este mundo, quiere sentir estos
centros cercanos a sí misma, desearía tenerlos presentes y operantes en la
difusión del mensaje auténtico de Cristo.
(17).
Desde esta base evangelizadora, la escuela católica está llamada
a estructurarse como sujeto eclesial, es decir como lugar de autentica y específica
acción pastoral. Ella comparte la misión evangelizadora de la Iglesia, y es
lugar privilegiado en el que se realiza la educación cristiana. Ella es
verdadero y propio sujeto eclesial en razón de su acción escolar, en la que se
funden armónicamente fe, cultura y vida. Es preciso, por tanto, reafirmar con
fuerza que la dimensión eclesial no constituye una característica yuxtapuesta,
sino que es cualidad propia y específica, carácter distintivo que impregna y
anima cada momento de la acción educativa, parte fundamental de su misma
identidad y punto central de su misión. La promoción de tal dimensión es el
objetivo de cada uno de los elementos que integran la comunidad educativa. En
virtud, pues, de su identidad la escuela católica es lugar de verdadera
experiencia eclesial, a condición que se de en plena comunión con la pastoral
orgánica de la que la comunidad cristiana del sector es necesariamente la
matriz.(18)
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La originalidad de la Comunidad Educativa Cristiana
Todas las escuelas católicas están llamadas a realizar la
comunidad educativa y pastoral.
Ella involucra, en clima de familia, a jóvenes y adultos, a
padres de familia y a los educadores de tal manera, que ésta pueda transformarse en una auténtica
experiencia de Iglesia, reveladora del plan de Dios. La
comunidad educativa, en efecto, es una instancia decisiva
para la evangelización. El esfuerzo de unidad, vivido en el espíritu
evangélico, es ya de por sí, testimonio vivo, más que una forma
eficaz de anuncio. Más que por una formal organización de
roles y funciones –que no deben faltar- se caracteriza
por el espíritu que la anima y por el clima de familia. Pero en definitiva a lo
que más se tiende es a que sea una comunidad de fe, donde Dios
se hace presente y se comunica, donde hay capacidad de
anuncio y fuerza de testimonio, donde se hace un auténtica experiencia e Iglesia como lugar de comunión y participación, en modo
que los jóvenes puedan experimentar
los valores de la comunión humana y cristiana con
Dios y con los hermanos. Por ello es una realidad siempre en
crecimiento, que se forma y progresa.
Por todos estos motivos, los centros de formación católicos deben
convertirse en «lugares de
encuentro de aquellos que quieren testimoniar los valores cristianos en toda
la educación».(19) Como toda otra institución educativa, y más
que ninguna otra, la católica debe
constituirse en comunidad que tienda a la transmisión de valores de vida.
Porque su proyecto, como se ha visto, tiende a la adhesión a
Cristo, medida de todos los valores, en la fe. Pero la fe se asimila, sobre todo, a través del contacto con
personas que viven cotidianamente la realidad: la fe
cristiana nace y crece en el seno de una comunidad.(19)
La dimensión comunitaria de la educación católica viene, pues,
exigida no sólo por la naturaleza
del hombre y la del proceso educativo, como ocurre en las demás escuelas,
sino por la naturaleza misma de la fe. Consciente de sus
limitaciones para responder a los compromisos que se
derivan de su propio proyecto educativo, la institución educativa católica sabe que ella constituye una comunidad que debe alimentarse y
confrontarse con las fuentes de las que se deriva la razón de su
existencia: la Palabra salvífica de Cristo, tal como se
expresa en la Sagrada Escritura, en la Tradición sobre todo litúrgica y sacramental, y en la existencia de aquellos que la han vivido o
la viven actualmente. Sin esta constante referencia a la
Palabra y el encuentro siempre renovado con Cristo, la educación católica se alejaría de su fundamento. (20)
De este modo, la acogida a los grandes valores del proyecto
educativo católica cala más hondo
cuando lo que involucra al joven no es sólo una persona, sino todo un ambiente
lleno de vida y de propuestas. Las relaciones marcadas por la
confianza y el espíritu de familia, la alegría y la
fiesta acompañadas por el trabajo y la reflexión seria y responsable, las expresiones libres y múltiples del protagonismo juvenil, así
como la fraterna presencia de educadores cercanos, que
saben hacer propuestas que respondan a los intereses de
los jóvenes y al mismo tiempo sugieren opciones de valores y de fe,
constituyen características claves desde las cuales iniciar o
continuar el camino de educación en
la fe de una comunidad educativa católica.
En sus últimas Orientaciones los Obispos chilenos, en efecto, han
dicho: “Especial atención se debe
dar a los centros educativos donde se imparte la educación católica,
sean éstos de enseñanza básica, media o de estudios superiores.
En ellos la comunidad educativa debe ser la instancia
pastoral que vele por la consistencia de la educación en la fe doctrinal, sacramental, litúrgica y caritativa. Lo anterior supone una
comunidad educativa que procure vivir los criterios del
Evangelio que celebre la liturgia –aun dominical- que se
solidarice con los pobres y que esté atenta a las necesidades de sus
miembros. En este sentido “es oportuno recordar, en sintonía con
el Concilio Vat. II, que la dimensión comunitaria de los
centros católicos no es una característica psicológica, sino que también tiene un fundamento teológico.”(21)
En este estilo de comunidad, es fundamental tener siempre
presente el rol que le cabe tanto a los educadores, como a los padres de familia
En efecto, es evidente que semejante orientación de la enseñanza
no depende tanto de la materia o de los programas, sino principalmente de las personas
que los imparten.
Mucho dependerá de la capacidad de los maestros el que el proceso
de enseñanza aprendizaje llegue a ser una escuela de fe, es decir, una
transmisión del mensaje cristiano. La síntesis entre cultura y fe se realiza
gracias a la armonía orgánica de fe y vida en la persona de los educadores. La nobleza de la tarea a
la que han sido llamados reclama que, a imitación del
único Maestro Cristo, ellos revelen el misterio cristiano no
sólo con la palabra sino también con sus mismas actitudes y
comportamiento.(22) A su vez, los docentes católicos,
están llamados a esforzarse por mejorar cada vez más su propia competencia y por encuadrar el contenido, los objetivos, los métodos,
experiencias de los aprendizajes, y el resultado de sus
investigaciones en sus respectivas
disciplinas, en el contexto de una coherente visión cristiana del mundo.
Desde esta perspectiva, se puede afirmar que la enseñanza puede
formar el espíritu y el corazón del
alumno, y disponerlo a adherirse a Cristo de una manera personal y con
toda la plenitud de una naturaleza humana
enriquecida por la cultura. (23)
El educador laico católico, por tanto, es aquel que ejercita su
ministerio en la Iglesia viviendo
desde la fe su vocación secular en la estructura comunitaria de una institución
educativa, con la mayor calidad profesional posible y con una
proyección apostólica de esa fe en la formación integral
del hombre, en la comunicación de la cultura, en la práctica de una pedagogía de contacto directo y personal con el alumno y en la
animación espiritual de la comunidad educativa a la que
pertenece y de aquellos estamentos y personas con los que
la comunidad educativa se relaciona. El educador laico
debe estar profundamente convencido de que entra a participar en la misión
santificadora y educadora de la Iglesia, y, por lo mismo, no
puede considerarse al margen del
conjunto eclesial.(24).
Educar a los jóvenes en la fe, debe ser para todo educador
católico trabajo y oración. Ha de
estar consciente que trabajando por la salvación de la juventud vive y
manifiesta a sus alumnos la paternidad de Dios, que
precede a toda criatura con su providencia, la acompaña
con su presencia y la salva entregando día a día la propia vida. Santos
educadores nos enseñan a reconocer la presencia operante de Dios
en nuestro quehacer educativo y a
sentirla como vida y amor.
De este modo, los educadores cristianos, están llamados a creer
que Dios ama a los jóvenes, que
Jesús quiere compartir su vida con ellos, que son la esperanza de un futuro
nuevo y llevan ocultas en sus anhelos, las semillas del Reino;
que el Espíritu Santo se hace presente en los jóvenes y
que por medio de ellos quiere edificar una comunidad humana y cristiana más auténtica; que Dios nos está esperando en ,los jóvenes
para ofrecernos la gracia del encuentro con él y
disponernos a servirle en ellos, reconociendo su dignidad
y educándolos en la plenitud de la vida. Tal ha de ser la fe que debe estar en
el origen de la vocación de servicio de un educador cristiano y
que motiva su vida y todas sus
actividades educativas. (25)
Los padres de familia, a su vez, y puesto han dado la vida a los
hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la
prole, y por lo tanto, hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos.
Este deber de la educación familiar es de tanta
trascendencia, que cuando falta, difícilmente podrá suplirse. Es, pues, deber de
los padres crear un ambiente de familia
animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los
hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. La
familia es, por tanto, la primera escuela
de las virtudes sociales, que todas las sociedades
necesitan. (26.). Por lo tanto, los padres de familia no pueden quedar
marginados del proceso educativo. Es
urgente ayudarles a tomar conciencia de sus derechos y
deberes y facilitarles la participación directa en las actividades y aún en sus
organizaciones propias. (27). Es por ello
que toda tarea educadora debe capacitar a la familia a
fin de permitirle ejercer esa misión. (28).
En cuanto a los mismos estudiantes, ya los Obispos en Medellín,
señalaban el protagonismo que están llamados a asumir en
su propio proceso formativo. Ellos, afirmaban, insisten en que tome en cuenta su problemática y a
ser escuchados respecto de su propia formación, ya que es
preciso no olvidar que cada joven tiende hacia su propio autoperfeccionamiento. Se le deben anunciar los valores
para que tomen una actitud de aceptación personal de los
mismos. La autoeducación, resulta así un requisito indispensable para lograr la verdadera comunidad de educandos.
De este modo, todos los integrantes de la comunidad
educativa se transforman –de acuerdo a su rol- en agentes y destinatarios del proyecto educativo.
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La Globalización como contexto actual:
La identidad de la educación católica, sin embargo, no
constituye algo estático, sino que constituye una enorme
riqueza que debe renovarse permanentemente, en modo de dar
respuesta a las grandes ansias, interrogantes y
búsquedas de cada nueva generación. Ello le exige a nuestras instituciones
educativas, vivir con pasión la hora presente, lo cual implica escuchar los gemidos del Pueblo de Dios y de la humanidad, e interpretar
el tiempo actual desde la Palabra
de Dios, en particular desde la Palabra hecha carne, es decir, desde Jesús, el Hijo de Dios Vivo.
Constatamos, en este sentido, que nos toca educar en tiempos de
globalización, fenómeno en el que nuestro país se encuentra sumergido. Fenómeno
real y complejo,que propicia una acelerada interacción entre los pueblos y los
países del mundo, incidiendo fuertemente en el ámbito de la economía y el trabajo,
del comercio y las finanzas internacionales, de las comunicaciones y las culturas
del planeta. Incide, en una palabra, en casi todos los ámbitos de la vida humana. Este
fenómeno se origina por los avances que se han dado, y se siguen dando, en el campo de la
ciencia, la tecnología, la educación, la informática y el mercado libre, y por los grandes
centros del poder político y económico. Ocasiona cambios que afectan a todos y que llegan
hasta el interior de las personas: hasta su sentir, su pensar y sus costumbres. Lo que le
pasa a una región de la tierra, le interesa a todas. Ya se trate de la irresponsabilidad
ecológica, el armamento nuclear, las guerras civiles, el terrorismo, las migraciones, la
producción de droga. Todo repercute en la globalidad. Todo afecta a todos.
Más allá de sus innegables beneficios, que colaboran a que la
historia camine hacia su real destino, debemos afirmar que se trata también de una
“globalización asimétrica”.
Ésta tiende a acrecentar la desigualdad de oportunidades, la
pobreza, la marginación, la corrupción, la nivelación cultural, la colonización económica y
valórica. La globalización, manifestación de un auténtico cambio de época, en
los últimos 20 años ha trastocado la organización económica y el trabajo, el comercio
y las fuerzas internacionales, las relaciones sociales y los modelos de vida,
los Estados y la política, las comunicaciones y las culturas del planeta. El nuevo contexto
está lleno de factores positivos y negativos que podrían potenciar el desarrollo humano
de nuestras comunidades y países o, por el contrario, ser factores de mayor
exclusión y empobrecimiento.
Por otra parte, la globalización asimétrica de antivalores está
provocando una verdadera
revolución en el ámbito de la cultura, y por ende al de la
educación, ya que tiende a
alterar la identidad cultural de casi todos los pueblos. Mientras
promueve el culto al
propio yo, al dinero y al placer, atenta contra la solidaridad
con los marginados, contra
el respeto y el valor sagrado de la vida, contra el matrimonio,
la familia y la
heterosexualidad, contra la identidad y misión de la mujer,
contra la diversidad cultural, y contra la auténtica concepción de la libertad,
cuya vocación es aliarse con la verdad, la belleza y el bien. En definitiva,
como toda criatura gestada por el hombre, la
globalización será aquello que nosotros hagamos de ella. (29)
Esto ocurre en nuestro continente, donde el mercado laboral está
subevaluado y
deprimido, y donde existe una progresiva y amenazante degradación
ambiental; en un
continente que continúa siendo una de las regiones menos
equitativas del mundo, la
brecha entre ricos y pobres se amplía en lugar de disminuir, y
los esfuerzos para
disminuir significativamente la pobreza casi siempre son
insuficientes o inadecuados.
Las desigualdades, fruto de la inadecuada distribución de la
educación y de la riqueza,
hieren severamente el tejido social. En este escenario, son una
escasa excepción los
pobres que poseen las oportunidades que les son necesarias para
su desarrollo integral.
La evidencia empírica permite afirmar que en A. Latina se
mantiene una grave injusticia social, que frena el posible desarrollo humano de
millones de habitantes.
Nuestra cosmovisión cristiana nos aproxima al fenómeno de la
globalización desde los
criterios fundamentales de la dignidad de la persona humana, cuyo
bien es el criterio
último de todo progreso, y de su vocación a la comunión , desde
el destino universal de
los bienes y la opción evangélica por los pobres, y desde la
visión del universo como
creación de Dios, confiada al ser humano para que lo contemple y
lo admire según el
querer del Creador. Nuestro deber como educadores católicos
consiste en humanizar la
globalización y globalizar la solidaridad.
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Algunos desafíos que emergen para la educación católica:
La opción por los pobres
Los Obispos de Chile, en reciente documento sobre las
Acentuaciones de las
Orientaciones Pastorales, señalan que el Señor se identificó con
los pobres, los
sufrientes, los sin casa, los enfermos, los excluidos. Así lo
enseña la tradición patrística
y la más genuina tradición espiritual; también lo hizo San
Alberto Hurtado al decirnos
que el pobre es Cristo. Desde los pobres, Cristo nos habla, nos
interpela, nos evangeliza.
La solidaridad del Hijo eterno de Dios con la humanidad -¡se hizo
hombre y habitó
entre nosotros!- es la causa de nuestra opción preferencial por
los pobres: Por esa sola
razón, los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera
sea su situación moral o
personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de
Dios para ser sus hijos,
esta imagen está ensombrecida y aún escarnecida. Por eso Dios
toma su defensa y los
ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios de la
misión, y su
evangelización es por excelencia señal y prueba de la misión de
Jesús (30)
El Papa Benedicto XVI por otra parte, afirma que este amor al
prójimo, enraizado en el
amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es
también para toda la
comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la
comunidad local a la
Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su
totalidad. (31). Por lo tanto,
la opción por los pobres se transforma también en un elemento
distintivo y por lo tanto
permanente de la identidad de cada comunidad educativa católica.
Es por ello, que el Papa Juan Pablo II, exhortaba a que el
servicio e influjo de los
distintos centros de la Iglesia dedicados a la enseñanza, llegue
a todos los sectores de la
sociedad sin distinciones ni exclusivismos. Es indispensable por
lo tanto, -continuaba
diciendo- que se realicen todos los esfuerzos posibles para que
las instituciones
católicas, a pesar de las dificultades económicas, continúen
impartiendo educación
cristiana a los pobres y a los marginados de la sociedad. Nunca
será posible liberar a los
indigentes de su pobreza si antes no se los libera de la miseria
debida a la carencia de
una educación digna. (32).
Los Pastores reunidos en Medellín, por su parte, insistían en que
se aplique la
recomendación del Concilio Vat. II, referente a una efectiva
democratización de la
escuela católica, de tal manera que todos los sectores sociales,
sin discriminación
alguna, tengan acceso a ella y adquieran en la misma una
auténtica conciencia social
que informe su vida (33). Porque la Iglesia ofrece su servicio
educativo en primer lugar
a aquellos que están desprovistos de los bienes de la fortuna, a
los que se ven privados
de la ayuda y del afecto de la familia, o aquellos que están
lejos del don de la fe. (34).
En este sentido, solicitaban los Obispos también en Puebla, que
dentro de su misión
específica, la misma Universidad Católica deberá vivir un
continuo autoanálisis y hacer
flexible su estructura operacional para responder al desafío de
su región o país,
mediante el ofrecimiento de carreras cortas especializadas,
educación continuada para
adultos, extensión universitaria con oferta de oportunidades y
servicios para grupos
marginados y pobres. (P.1062).El llamado de los Pastores en esa
Asamblea es a dar
prioridad en el campo educativo a los numerosos sectores pobres
de nuestra población,
marginados material y culturalmente, orientando preferentemente
hacia ellos, los
servicios educativos de la Iglesia. (35).
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Las Reformas Educacionales
El Documento de Participación del CELAM en vista a la próxima
Conferencia General
en Brasil, afirma que las nuevas reformas educacionales de
nuestro continente,
impulsadas justamente para adaptarse a las nuevas exigencias que
se van creando con el
cambio global, aparecen centradas prevalentemente en la
adquisición de conocimientos
y habilidades, denotan un claro reduccionismo antropológico, ya
que conciben la
educación en función de la producción, la competitividad y el
mercado. Por otra parte,
con frecuencia propician la inclusión de factores contrarios a la
vida, la familia y una
sana sexualidad. De esta forma no despliegan los mejores valores
de los jóvenes ni su
espíritu religioso; tampoco les enseñan los caminos para superar
la violencia y acercarse
a la felicidad, ni les ayudan a llevar una vida sobria y adquirir
aquellas actitudes,
virtudes y costumbres que harán estable el hogar que funden, y
que les convertirán en
constructores solidarios de la paz y del futuro de la sociedad.
Falta mucha equidad en el
acceso, con igualdad de oportunidades, de todos los jóvenes a la
educación. El aumento
de los embarazos adolescentes, del consumo de droga y de alcohol,
como también de la
violencia intraescolar, es un fenómeno grave, que exige un
análisis interdisciplinar y
profundo y la superación de sus causas.(36).
El aporte de las Instituciones Educativas Católicas
En este sentido, la Universidad Católica, por ejemplo, está
llamada a que sus
actividades de investigación incluyan, por tanto, el estudio de
los graves problemas
contemporáneos, tales como, la dignidad de la vida humana, la
promoción de la justicia
para todos, la calidad de vida personal y familiar, la protección
de la naturaleza, la
búsqueda de la paz y de la estabilidad política, una distribución
más equitativa de los
recursos del mundo y un nuevo ordenamiento económico y político
que sirva mejor a la
comunidad humana a nivel nacional e internacional. La
investigación universitaria se
deberá dedicar a estudiar en profundidad las raíces y las causas
de los graves problemas
de nuestro tiempo, prestando especial atención a sus dimensiones
éticas y religiosas. Si
es necesario, la Universidad católica deberá tener la valentía de
expresar verdades
incómodas, verdades que no halagan a la opinión pública, pero que
son también
necesarias para salvaguardar el bien auténtico de la sociedad.
(37).
En la escuela católica, a su vez, y en virtud que cuanto se ha ya
expresado, ningún
joven puede quedar excluido de la esperanza y de la acción de la
comunidad educativa,
sobre todo si sufre pobreza, derrota y pecado. Este compromiso,
sin embargo, choca a
menudo contra un obstáculo: a muchos jóvenes no les llega ni
nuestro mensaje, ni
nuestro testimonio. Entre nosotros y no pocos de ellos, hay una
distancia, que muchas
veces es física, que sobre todo es psicológica y cultural. Ir y
acercarse a los jóvenes,
acogerlos desinteresadamente y con solicitud en nuestros
ambientes educativos y
ponernos en atenta escucha de sus demandas y aspiraciones, han de
ser para nuestros
centros de formación, opciones fundamentales que preceden a
cualquier otro paso en el
camino de educación en la fe. Éste empieza con la valorización
del patrimonio que todo
joven lleva dentro de sí, y que un verdadero educador saber
descubrir con inteligencia y
paciencia. .De este modo, la vida de los jóvenes es a la vez,
punto obligado de donde
partir para un camino de fe, referencia continua en su desarrollo
y punto de llegada,
cuando se ha transformado y encausado hacia su plenitud en
Jesucristo.
Dentro de este contexto, la invitación de la Iglesia es a
promover de igual forma la
educación no formal, para revitalizar nuestra cultura popular,
haciendo manifiestos los
valores y símbolos hondamente cristianos de la cultura
latinoamericana. Acompañar la
alfabetización de los grupos marginales con acciones educativas
que los ayuden a
comunicarse eficazmente; tomar conciencia de sus deberes y
derechos; comprender la
situación en que viven y discernir sus causas; capacitarse para
organizarse en lo civil, lo
laboral y político y poder así participar plenamente en los
procesos decisorios que les
atañen. (38).
Espacios para una propuesta de formación y acompañamiento
El camino de fe y espiritualidad juvenil que promueve la
educación católica, ha de
asumir con seriedad el compromiso de los jóvenes que trabajan por
construirse una
identidad, conciliando dinámicamente tres aspectos claves en esta
etapa de sus vidas,
como son: los impulsos de sus energías internas, los numerosos y
variados mensajes y
propuestas que surgen del contexto socio-cultural, y los
horizontes que les permiten
vislumbrar la hora que les toca vivir.
Tres pueden ser también los espacios en la formación juvenil, en
donde la educación
católica debería sentirse llamada a anunciar esta fe como dadora
de sentido y de fuerza
existencial: la formación de la conciencia moral, la educación en
el amor y la
sexualidad, y el desarrollo de la dimensión social y política de
la caridad.
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La Formación de la Conciencia:
La primera tarea es ayudar al joven a adquirir la suficiente
capacidad de juicio y de
discernimiento ético. Debe estar en condiciones de distinguir el
bien del mal, el pecado
de las estructuras de pecado, la acción de Dios en su persona y
en la historia. Tender a
un discernimiento de este género, como eje de formación de la
conciencia, significa
también aclarar el objetivo de toda formación moral: hacerse
capaz de ejercer
moralmente la propia autonomía y responsabilidad. Se necesita
igualmente una seria
formación crítica acerca de los valores culturales y ciertas
normas de convivencia social
que contrastan con valores fundamentales. Hay que saber tomar
posición frente a ellos,
provocando una situación de objeción sobre la base de la propia
conciencia, inspirada en
Cristo y su Evangelio. Esto defiende de ambigüedades justificadas
racionalmente, de
ideologías recurrentes y de la superficialidad de juicio acerca
de los acontecimientos,
cuya naturaleza más profunda delata.
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La Educación en el Amor:
La educación católica considera el amor como una dimensión
fundamental de la
persona. Es el resorte que hace saltar la vida. Es lo que da
sentido a la existencia,
abriéndola a la comprensión y a la donación desinteresada y aún
sacrificada de sí. Los
jóvenes suelen vivirlo con totalidad y exclusividad, hasta el
punto de posponer cualquier
otro valor y compromiso. Es por ello, que la educación católica
se esfuerza por
favorecer y promover la maduración de los jóvenes educándolos
también en el amor.
Ella está convencida que el misterio de Cristo, su vida y sus
hechos, son propiamente la
revelación plena y normativa del amor auténtico. Como primera
cosa, se esfuerza por
crear alrededor de los jóvenes, en todos los ambientes, un clima
educativo rico en
intercambios comunicativo-afectivos. El sentirse acogido,
reconocido, estimado y
querido, es la mejor lección sobre el amor. Se trata de
fortalecer los signos y gestos de
familia. La pedagogía cristiana tiene la convicción que una
formación integral, más la
presencia de Dios en los jóvenes, los llevará a apreciar valores
que son expresión de una
sexualidad auténtica, como el respeto de sí mismo y de los otros,
la dignidad de la
persona, la transparencia en las relaciones, al margen de toda
manipulación, y la
reciprocidad entre muchachos y niñas. Ésta, entendida como
enriquecimiento mutuo,
que abre al dialogo y a la atención y descubrimiento del otro,
quién se siente acogido en
su ser y en su dignidad personal.
La Iglesia entiende educar adecuadamente en la sexualidad, cuándo
ésta llega a ser
internalizada como valor, que va madurando progresivamente a la
persona, hasta
desarrollar en ella virtudes, destrezas y competencias que la
hagan capaz de
comprenderla y expresarla como don que se ha de intercambiar en
una relación de
pareja definitiva, exclusiva, total y abierta a la vida, a la
procreación responsable.
-La Formación Social y Política
La Iglesia busca en efecto, a través de sus Instituciones
educativas, preparar una
generación capaz de construir un orden social más humano para
todos. Se trata, por
tanto, de superar un género de indiferencia creciente y
generalizada, de ir contra
corriente y educar en el valor de la solidaridad, contra la
praxis de la competencia
exacerbada y del provecho individual. Hoy, en un mundo neoliberal
y de mercado, para
un porcentaje importante de jóvenes es muy fuerte la tentación de
refugiarse en lo
privado y en una gestión consumista de la vida, a lo cual hay que
agregar el recelo que
nace ante hechos de ruptura entre ética y política y cuya señal
proviene de situaciones
de corrupción.
A este punto, nace la necesidad urgente en la educación católica
de individuar actitudes
y proyectar iniciativas que ayuden a los jóvenes de hoy a
expresar con la vida la
verdadera dimensión social de la caridad cristiana. La indicación
más general es a
trabajar, en el camino de la fe en Jesucristo, para hacer
resaltar el valor absoluto de la
persona y su inviolabilidad, que está por encima de los bienes
materiales y de toda
organización. Aquí tenemos la clave crítica para evaluar
situaciones éticas anormales y
hacer opciones personales frente a los despiadados mecanismos de
la manipulación.
De este modo, la Iglesia solicita que la primera atención
pedagógica sea acompañar a
los jóvenes en el conocimiento adecuado de la compleja realidad
sociopolítica en que
viven, y simultáneamente, mirar al mundo, a sus problemas y
dramas y a los
mecanismos perversos que en muchos países agigantan situaciones
de sufrimiento e
injusticia, evaluando a partir del Evangelio y la Doctrina Social
de la Iglesia, los hechos
y sistemas con mirada crítica y serena. Esta será la plataforma
desde la cual los jóvenes
sean introducidos en un proceso de desarrollo de actitudes
relacionadas con la
solidaridad, la justicia y la paz, mediante experiencias
significativas de compromiso
social, que les permitan ir asumiendo el desafío de ser
constructores de la civilización
del amor.
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Conclusión
La misión primaria de la Iglesia es anunciar el Evangelio de
manera tal que garantice la
relación entre fe y vida tanto en la persona individual como en
el contexto socio-cultural
en que las personas viven, actúan y se relacionan entre sí, en
modo de alcanzar y lograr
transformar mediante la fuerza del Evangelio los criterios de
juicio, los valores
determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento,
las fuentes inspiradoras
y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con
la Palabra de Dios y
el designio de salvación”. (39).
Por lo tanto, la meta que la educación católica se propone
respecto de los jóvenes, es la
de colaborar en la construcción de su personalidad teniendo a
Cristo como referencia en
el plano de la mentalidad y de la vida. Tal referencia, al
hacerse progresivamente
explícita e interiorizada, le ayudará a ver la historia como
Cristo la ve, a juzgar la vida
como él lo hace, a elegir y amar como él, a cultivar la esperanza
como él nos enseña, y a
vivir en él la comunión con el Padre y el Espíritu Santo. Por la
fecundidad misteriosa de
esta referencia, la persona se construye en unidad existencial, o
sea, asume sus
responsabilidades y busca el significado último de su vida.
Situada en la Iglesia,
comunidad de creyentes, logra con libertad vivir intensamente la
fe, anunciarla y
celebrarla con alegría en la realidad de cada día. Como
consecuencia, maduran y
resultan connaturales las actitudes human as que llevan a abrirse
sinceramente a la
verdad, a respetar y amar a las personas, a expresar su propia
libertad en la donación de sí y en el servicio a los demás.
Finalmente, y sin perjuicio de lo anterior, es necesario señalar
que la validez de los
resultados educativos de las instituciones católicas, no se mide
en términos de eficacia
inmediata: en la educación cristiana, además de la libertad del
educador y de la libertad
del educando, colocados en relación dialogal, se debe tener en
consideración el factor de
la “gracia”.Libertad y gracia maduran sus frutos según el ritmo
del espíritu, que no se
mide sólo con categorías temporales. La gracia, al injertarse en
la libertad, puede guiarla hacia su plenitud que es la libertad del Espíritu.
Cuando colabora consciente y
explícitamente con esa fuerza liberadora, los centros católicos
de formación, se convierten en levadura cristiana del mundo.
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Citas y Referencias:
(1) Sagrada Congregación para la Educación Católica, La Escuela
Católica, Nº 25.
Roma, 1977.- En adelante (E.C);
(2) Consejo Episcopal Latinoamericano, Documento Conclusivo de la
Asamblea
General de Santo Domingo, nº 265. 1968. En adelante (S.D);
(3) Consejo Episcopal Latinoamericano, Documento Conclusivo
Asamblea General
de Puebla, nº 1025. 1979.- En adelante (P)
(4) E.C, 65-66;
(5) S.D., 265;
(6) Juan Pablo II, Carta Apostólica Iuvenum Patris, con ocasión
del centenario de la
muerte de San Juan Bosco, Roma, 1988, nº 10.
(7) E.C., 34;
(8) Sagrada Congregación para la Educación Católica, El Laico
Educador, Testigo
de Fe en la Escuela, Roma, 1982. nº 18. En adelante (L.E.);
(9) E.C., 38;
(10) Juan Pablo II, Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae,
sobre las
Universidades Católicas. Roma, 1990. nº4; En adelante (E.C.E.);
(11) E.C.E., 41; (10) Juan Pablo II, Constitución Apostólica Ex
Corde Ecclesiae, sobre las
(12) Concilio Vaticano II, Constitución Apostólica Gaudium et
Spes. Roma,
1963. nº 36;
(13) E.C.E., 19; (12) Concilio Vaticano II, Constitución
Apostólica Gaudium et Spes. Roma,
(14) E.C.E.,20;
(15) E.C., 45;
(16) E.C.,50;
(17) E.C.E., 49;
(18) Sagrada Congregación para la Educación Católica, La Escuela
Católica
en los Umbrales del Tercer Milenio. Roma, 1997. nº11-12;
(19) E.C., 53;
(20) E.C., 54;
(21) Conferencia Episcopal de Chile, Orientaciones Pastorales
2000.2005,
nº114;
(22) E.C., 43;
(23) E.C.E.,22;
(24) L.E., 24;
(25) Congregación Salesiana, Capítulo General XXIII, La Educación
de los
Jóvenes en la Fe, Roma, 1990. nº95;
(26) Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum Educationis.
Roma
1965. nº 3; En adelante, (G.E.);
(27) Consejo Episcopal Latinoamericano, Documento Conclusivo
Asamblea
General de Medellín, 1968. nº12. En adelante (MED);
(28) P., 1036;
(29) Consejo Episcopal Latinoamericano, Hacia la Vª Conferencia
del
Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de
Participación. Bogotá
2005. En adelante (DoPa);
(30) Conferencia Episcopal de Chile, Acentuaciones de las
Orientaciones
Pastorales 2006-2007, nº 16;
(31) Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus est Caritas. Roma 2006,
nº 20;
(32) Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal, Ecclesia
in America.
México 1999, nº 71;
(33) MED, 18;
(34) G.E., 9;
(35) P.,1043;
(36) DoPa, 128;
(37) E.C.E.,32;
(38) P.1045-47;
(39) Paulo VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, sobre
la
Evangelización del Mundo Contemporáneo. Roma, 1975. nº 18 ss.-
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