SECTOR DE
ENSEÑANZA RELIGIÓN
Profesores de Religión, la prédica del
P. Juan Pablo en la Misa de Nochebuena, realizada en el
Santuario de Bellavista Schoenstatt, es un material de
trabajo pedagógico para la reflexión de nuestros estudiantes,
enmarca en un contexto real la esperanza cristiana para este mundo consumista y
desvalorizado.
Léanlo y me darán
la razón.
Agradecemos al P.
Juan Pablo su colaboración.
MISA DE NOCHEBUENA 2006
Santuario de Bellavista
Schoenstatt
P. Juan Pablo
Rovegno
Hoy es una noche memorable: Dios se hace
hombre, toma nuestra frágil y débil naturaleza y la hace suya para mostrarnos
por este camino, incomprensible para muchos, que no sólo nos ha creado por amor
sino que se hace solidario, uno de los nuestros, por amor, revelándonos por este
camino que todo lo humano es camino hacia Dios y que en todo lo humano, aún en
las oscuridades y abismos de nuestra humanidad llega Dios, para sanar, para
elevar, para transformar.
El ha venido para mostrarnos que la
vocación del hombre es el encuentro, es la reconciliación, es la unidad y que
todo lo que divide, anula o aniquila la realidad del ser humano no es de Dios,
es del hombre sin Dios, abandonado a sus instintos, a sus inseguridades, a sus
egoísmos, a sus angustias, a sus temores y a su pecado; todas realidades humanas
que sin Dios nos arrebatan nuestra identidad y vocación más acabadas: la
vocación de hijos y por ser hijos, vocación de hermanos. Por eso, vivir nuestra
humanidad lejos de Dios es quedar en el desamparo y en el riesgo siempre latente
del desorden, de la incongruencia, de la deshumanización, de la irracionalidad,
del quiebre y hasta de la bestialidad:
¿Qué lleva al hombre a aniquilar a
otros por un pedazo de territorio, por sus ideas, por el control de unas
materias primas? ¿qué lleva al hombre a la injusticia de una total falta de
equidad social y al enriquecimiento a costa de las personas?, ¿qué lleva al
hombre a entregarse desenfrenadamente a sus instintos y al placer irresponsable
de gozar sin pensar en sus consecuencias?, ¿qué lleva al hombre a disponer de la
vida ajena como si el don de la vida en la gestación, en el ocaso, en la
enfermedad o en la limitación fuera un objeto disponible?, ¿qué lleva al hombre
a justificar la deshumanización en nuestras relaciones personales de todo tipo,
llámese familia, trabajo, gobierno?
El hombre que no es capaz de
encontrarse con Dios en todas las experiencias humanas queda a merced de la
creatura, sus instintos y límites, debilidades y errores. Quien se atreve a
dejarse tocar e inspirar por Dios en todo lo humano tiene la posibilidad
maravillosa de vivir esos mismos límites, esos mismos instintos, debilidades y
errores no como un obstáculo para ser plenamente humanos, sino como un salto
para que Dios se haga fuerte en la debilidad.
La celebración de esta noche nos
quiere ayudar a comprender al vocación de comunión entre lo divino y lo humano,
quiere situarnos en los anhelos más profundos de cada uno de nosotros, quiere
responder a las necesidades y posibilidades latentes en cada corazón humano, que
sin esta noche permanecerían a la deriva.
Contemplemos la escena que con tanto
cariño han preparado nuestras familias:
La pobreza de Belén, la pobreza del
establo. ¿No hay acaso en todo corazón humano un anhelo de sencillez, de vencer
las apariencias, de dejar de hacer del tener la única razón de nuestros
esfuerzos?. La pobreza tiene un valor intrínseco y no se trata de mirarla
románticamente, hay una pobreza que no es digna, que nos arrebata nuestro único
bien: la dignidad personal. Hay pobreza injusta, fruto de la brecha
incomprensible de nuestro mundo, y no me refiero a la pobreza de África, me
refiero a la pobreza de Chile, aquella en medio de nuestro 90 % cristiano, en
medio de nuestro 70 % católico. La pobreza de Belén nos recuerda que lo esencial
son las personas, ninguno de aquellos personajes son importantes a los ojos de
los poderes del mundo, pero cada uno lleva una riqueza incalculable a los ojos
de Dios en sus personas y en el mundo de valores que representan. La pobreza del
establo no recuerda que en todo lugar donde se hace a Dios presente hay
dignidad. Un lugar se ilumina cuando dejamos a Dios entrar: si dejásemos entrar
a Dios en los paupérrimos pasillos de muchos hospitales no tendríamos que
justificar la eutanasia por lo dolores de ser pobres. Si Dios entrase en las
consultas por el temor ante la vida que llega, buscaríamos la forma de acoger a
la madre adolescente más que encaminarla hacia un aborto. Si dejásemos entrar a
Dios en nuestros balances no necesitaríamos engañar para justificar nuestros
gastos. Si dejásemos entrar a Dios en nuestros medios no necesitaríamos denigrar
al ser humano para hacer noticia; si dejásemos entrar a Dios en nuestra economía
el empleador dejaría de ser un amenaza y el trabajador dejaría de ser un factor
de utilidad o pérdida y empezaría a ser persona, con familia y un proyecto de
vida; si dejásemos entrar a Dios en nuestros hogares, en nuestros conflictos, en
nuestros proyectos, en nuestras aulas, en nuestras políticas, en nuestras vidas
y muchas veces en nuestra propia iglesia, él nos enseñaría el valor de cada
persona, renunciando al poder efímero, al placer esclavizante y el tener
inconsistente.
Miremos más allá: está María, ¿no nos
muestra acaso una imagen de mujer llena de vida, dignidad y con una misión?. La
mujer más que nunca necesita quien le enseñe a ser mujer, de lo contrario
siempre vivirá esclavizada, esclavizada ante el varón, los hijos, el trabajo, la
moda, su cuerpo. En María vemos a la mujer, a la madre, a la esposa, a la
compañera, a la hija de Dios, a la forjadora de historia. Una mujer que
libremente ha asumido su misión de ser alma y sabe que esa alma que llena de
humanidad los espacios, arranca de su capacidad de acoger la vida y de darse por
ella.
San José nos revela al varón con
mayúsculas: el hombre justo y fiel, capaz de dar seguridad y conducir a aquellos
que se le han confiado. No necesita mandar para sentirse hombre, ni ser
proveedor ni mostrarse duro. Da seguridad porque él ha conquistado su seguridad
y no a la fuerza o con gritos sino como consecuencia de una fe filial y probada.
Un hombre que descubre que su seguridad se la da el cuidado de aquellos que se
le han confiado, renunciando a su propio bien por el bien de los demás, más que
el buscar aceptación, sumisión o control. La seguridad se la da su paternidad
conquistada siendo hijo primero, sanando su ser de hijo puede ser padre, esposo
y señor.
Miremos a los pastores, ¿acaso no nos
recuerdan que la gratuidad es signo de la auténtica solidaridad cristiana?,
ellos comparten lo que tienen a cambio de nada. ¿No son acaso un remezón a
nuestra forma de vincularnos en todos los ámbitos de la vida humana, también en
la familia, tan tocada por lo que podríamos llamar un totalitarismo del mercado
que inunda con su mentalidad todo, buscando como sea la utilidad, el beneficio,
la recompensa?. Ellos dan gratuitamente y no lo que les sobra, sino lo que
necesitan para su propia subsistencia.
Contemplemos a los ángeles: cantan
llenos de alegría, y ¿cuál es la causa de tanta algarabía?, su alegría está en
reconocer la presencia de Dios en Dios y en la humanidad, porque en cada ser
humano está Dios esperando ser acogido para dar sentido a nuestra vida y
enseñarnos a amar como él nos ama. La alegría de los ángeles no está en la
farandularización de la cultura, ni en la risa a costa de los otros, ni el doble
sentido ni los tragos de más ni en los estimulantes: Su alegría está en Dios y
en percibir esa presencia en todo y en todos.
Miremos finalmente al Niño, en él
palpitan nuestros anhelos más profundos, en su debilidad de niño hay todo un
mundo que espera ser despertado, estimulado, encauzado. Todos necesitamos la
experiencia de sentirnos protegidos y acogidos en nuestra fragilidad para
desarrollar la fortaleza que será nuestra misión para compartir y dar frutos en
la vida. Esa fragilidad y esa fortaleza son nuestro mayor tesoro, en ellas anida
lo más propio de cada uno y que nos hace diferentes y porque diferentes
solidarios entre nosotros. Jesús niño nos enseña nuestra verdadera humanidad: en
nuestra fragilidad de niños y en nuestra fortaleza de hombres está nuestra
identidad y misión como hijos de Dios y hermanos entre todos.
Queridos
hermanos y hermanas, contemplemos el pesebre esta noche, vayamos a su encuentro
con nuestra identidad más diáfana, con nuestra fragilidad y nuestra fortaleza
más propias, aquella por la cual Dios se hizo hombre y nos hace únicos ante El y
ante el mundo, porque en lo más propio de cada uno y que Dios Niño viene a
iluminar esta Navidad, está el sentido de nuestras vidas: ser para dar, como
Dios en pañales, que se hizo niño para darse como hombre.