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 Textos escolares: Módulos de Religión "Amor de Dios" 2011

 

SECTOR DE ENSEÑANZA RELIGIÓN

Profesores de Religión, la prédica del P. Juan Pablo en la Misa de Nochebuena, realizada en el Santuario de Bellavista Schoenstatt, es un material de trabajo pedagógico para la reflexión de nuestros  estudiantes, enmarca en un contexto real la esperanza cristiana para este mundo consumista y desvalorizado.

 

Léanlo y me darán la razón.

 

Agradecemos al P. Juan Pablo su colaboración.

 

 

MISA DE NOCHEBUENA 2006

 

Santuario de Bellavista

Schoenstatt

P. Juan Pablo Rovegno

 

Hoy es una noche memorable: Dios se hace hombre, toma nuestra frágil y débil naturaleza y la hace suya para mostrarnos por este camino, incomprensible para muchos, que no sólo nos ha creado por amor sino que se hace solidario, uno de los nuestros, por amor, revelándonos por este camino que todo lo humano es camino hacia Dios y que en todo lo humano, aún en las oscuridades y abismos de nuestra humanidad llega Dios, para sanar, para elevar, para transformar.

 

El ha venido para mostrarnos que la vocación del hombre es el encuentro, es la reconciliación, es la unidad y que todo lo que divide, anula o aniquila la realidad del ser humano no es de Dios, es del hombre sin Dios, abandonado a sus instintos, a sus inseguridades, a sus egoísmos, a sus angustias, a sus temores y a su pecado; todas realidades humanas que sin Dios nos arrebatan nuestra identidad y vocación más acabadas: la vocación de hijos y por ser hijos, vocación de hermanos. Por eso, vivir nuestra humanidad lejos de Dios es quedar en el desamparo y en el riesgo siempre latente del desorden, de la incongruencia, de la deshumanización, de la irracionalidad, del quiebre y hasta de la bestialidad:

 

 ¿Qué lleva al hombre a aniquilar a otros por un pedazo de territorio, por sus ideas, por el control de unas materias primas? ¿qué lleva al hombre a la injusticia de una total falta de equidad social y al enriquecimiento a costa de las personas?, ¿qué lleva al hombre a entregarse desenfrenadamente a sus instintos y al placer irresponsable de gozar sin pensar en sus consecuencias?, ¿qué lleva al hombre a disponer de la vida ajena como si el don de la vida en la gestación, en el ocaso, en la enfermedad o en la limitación fuera un objeto disponible?, ¿qué lleva al hombre a justificar la deshumanización en nuestras relaciones personales de todo tipo, llámese familia, trabajo, gobierno?

 

El hombre que no es capaz de encontrarse con Dios en todas las experiencias humanas queda a merced de la creatura, sus instintos y límites, debilidades y errores. Quien se atreve a dejarse tocar e inspirar por Dios en todo lo humano tiene la posibilidad maravillosa de vivir esos mismos límites, esos mismos instintos, debilidades y errores no como un obstáculo para ser plenamente humanos, sino como un salto para que Dios se haga fuerte en la debilidad.

 

La celebración de esta noche nos quiere ayudar a comprender al vocación de comunión entre lo divino y lo humano, quiere situarnos en los anhelos más profundos de cada uno de nosotros, quiere responder a las necesidades y posibilidades latentes en cada corazón humano, que sin esta noche permanecerían a la deriva.

 

Contemplemos la escena que con tanto cariño han preparado nuestras familias:

 

La pobreza de Belén, la pobreza del establo. ¿No hay acaso en todo corazón humano un anhelo de sencillez, de vencer las apariencias, de dejar de hacer del tener la única razón de nuestros esfuerzos?. La pobreza tiene un valor intrínseco y no se trata de mirarla románticamente, hay una pobreza que no es digna, que nos arrebata nuestro único bien: la dignidad personal. Hay pobreza injusta, fruto de la brecha incomprensible de nuestro mundo, y no me refiero a la pobreza de África, me refiero a la pobreza de Chile, aquella en medio de nuestro 90 % cristiano, en medio de nuestro 70 % católico. La pobreza de Belén nos recuerda que lo esencial son las personas, ninguno de aquellos personajes son importantes a los ojos de los poderes del mundo, pero cada uno lleva una riqueza incalculable a los ojos de Dios en sus personas y en el mundo de valores que representan. La pobreza del establo no recuerda que en todo lugar donde se hace a Dios presente hay dignidad. Un lugar se ilumina cuando dejamos a Dios entrar: si dejásemos entrar a Dios en los paupérrimos pasillos de muchos hospitales no tendríamos que justificar la eutanasia por lo dolores de ser pobres. Si Dios entrase en las consultas por el temor ante la vida que llega, buscaríamos la forma de acoger a la madre adolescente más que encaminarla hacia un aborto. Si dejásemos entrar a Dios en nuestros balances no necesitaríamos engañar para justificar nuestros gastos. Si dejásemos entrar a Dios en nuestros medios no necesitaríamos denigrar al ser humano para hacer noticia; si dejásemos entrar a Dios en nuestra economía el empleador dejaría de ser un amenaza y el trabajador dejaría de ser un factor de utilidad o pérdida y empezaría a ser persona, con familia y un proyecto de vida; si dejásemos entrar a Dios en nuestros hogares, en nuestros conflictos, en nuestros proyectos, en nuestras aulas, en nuestras políticas, en nuestras vidas y muchas veces en nuestra propia iglesia, él nos enseñaría el valor de cada persona, renunciando al poder efímero, al placer esclavizante y el tener inconsistente.

 

Miremos más allá: está María, ¿no nos muestra acaso una imagen de mujer llena de vida, dignidad y con una misión?. La mujer más que nunca necesita quien le enseñe a ser mujer, de lo contrario siempre vivirá esclavizada, esclavizada ante el varón, los hijos, el trabajo, la moda, su cuerpo. En María vemos a la mujer, a la madre, a la esposa, a la compañera, a la hija de Dios, a la forjadora de historia. Una mujer que libremente ha asumido su misión de ser alma y sabe que esa alma que llena de humanidad los espacios, arranca de su capacidad de acoger la vida y de darse por ella.

 

San José nos revela al varón con mayúsculas: el hombre justo y fiel, capaz de dar seguridad y conducir a aquellos que se le han confiado. No necesita mandar para sentirse hombre, ni ser proveedor ni mostrarse duro. Da seguridad porque él ha conquistado su seguridad y no a la fuerza o con gritos sino como consecuencia de una fe filial y probada. Un hombre que descubre que su seguridad se la da el cuidado de aquellos que se le han confiado, renunciando a su propio bien por el bien de los demás, más que el buscar aceptación, sumisión o control. La seguridad se la da su paternidad conquistada siendo hijo primero, sanando su ser de hijo puede ser padre, esposo y señor.

 

Miremos a los pastores, ¿acaso no nos recuerdan que la gratuidad es signo de la auténtica solidaridad cristiana?, ellos comparten lo que tienen a cambio de nada. ¿No son acaso un remezón a nuestra forma de vincularnos en todos los ámbitos de la vida humana, también en la familia, tan tocada por lo que podríamos llamar un totalitarismo del mercado que inunda con su mentalidad todo, buscando como sea la utilidad, el beneficio, la recompensa?. Ellos dan gratuitamente y no lo que les sobra, sino lo que necesitan para su propia subsistencia.

 

Contemplemos a los ángeles: cantan llenos de alegría, y ¿cuál es la causa de tanta algarabía?, su alegría está en reconocer la presencia de Dios en Dios y en la humanidad, porque en cada ser humano está Dios esperando ser acogido para dar sentido a nuestra vida y enseñarnos a amar como él nos ama. La alegría de los ángeles no está en la farandularización de la cultura, ni en la risa a costa de los otros, ni el doble sentido ni los tragos de más ni en los estimulantes: Su alegría está en Dios y en percibir esa presencia en todo y en todos.

 

Miremos finalmente al Niño, en él palpitan nuestros anhelos más profundos, en su debilidad de niño hay todo un mundo que espera ser despertado, estimulado, encauzado. Todos necesitamos la experiencia de sentirnos protegidos y acogidos en nuestra fragilidad para desarrollar la fortaleza que será nuestra misión para compartir y dar frutos en la vida. Esa fragilidad y esa fortaleza son nuestro mayor tesoro, en ellas anida lo más propio de cada uno y que nos hace diferentes y porque diferentes solidarios entre nosotros. Jesús niño nos enseña nuestra verdadera humanidad: en nuestra fragilidad de niños y en nuestra fortaleza de hombres está nuestra identidad y misión como hijos de Dios y hermanos entre todos.

 

Queridos hermanos y hermanas, contemplemos el pesebre esta noche, vayamos a su encuentro con nuestra identidad más diáfana, con nuestra fragilidad y nuestra fortaleza más propias, aquella por la cual Dios se hizo hombre y nos hace únicos ante El y ante el mundo, porque en lo más propio de cada uno y que Dios Niño viene a iluminar esta Navidad, está el sentido de nuestras vidas: ser para dar, como Dios en pañales, que se hizo niño para darse como hombre.

 

 

              Rodolfo Mendoza y Gloria Lúcar
                       © Copyright â Inscripción Propiedad Intelectual Nº 168147 Santiago - Chile.
 

 
Unidos en el Amor a nuestro Señor Jesucristo,
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