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Autor: Cardenal Francisco Javier Errázuriz
Fecha:
18/09/2007
País: Chile
Homilía Te Deum
Ecuménico 2007
Texto completo de la Homilía del Cardenal Francisco Javier
Errázuriz, en el Te Deum Ecuménico de Fiestas Patrias.
Te
Deum 2007
Gn 1,1s, 26-31; Sal 84; Mt 25,
31-40
TE DEUM 2007
Gn 1,1s, 26-31; Sal 84; Mt 25, 31-40
Introducción
Cuando las más altas autoridades del país, acompañadas por los
embajadores de las naciones amigas, inician las celebraciones de las
Fiestas Patrias en esta Catedral, es todo el Pueblo de Chile quien
se acerca a su Dios. Desde esta Casa de Oración, testigo de nuestra
historia, también desde otras iglesias catedrales y en todos los
hogares que se unen a esta celebración ecuménica, el país quiere
expresarle al Padre de nuestro Señor Jesucristo su emocionada
gratitud. A tres años de la celebración del Bicentenario de nuestra
nación soberana, queremos meditar junto a Él con esperanza acerca de
nuestro futuro y presentarle necesidades y proyectos, a fin de que
El nos exprese su cercanía y nos bendiga.
Nuestra acción de gracias se centra sobre todo en
la confianza que Dios nos manifiesta
al poner en nuestras manos la tarea de hacer de nuestra Patria un
país fraterno, en el cual crezca la paz y el bienestar
espiritual y material de todos los chilenos; un país de hermanos que
gocen de cuanto necesitan para desarrollar sus talentos y colaborar
entre ellos, haciendo fructificar todo lo que Dios nos ha regalado.
Lo alabamos en esta fecha memorable, en la cual nos proponemos
“reencontrar el consenso, y más que eso, consolidar la comunión en
aquellos valores espirituales que crearon la Patria en su origen” ,
en palabras del Cardenal don Raúl Silva Henríquez, cuyo nacimiento,
ocurrido hace 100 años, celebraremos en los próximos días. En
verdad, en esta celebración del Día Patrio, se abrazan cada año el
pasado y el futuro, se produce el
encuentro de los valores de ayer y de siempre con los desafíos del
mañana, como una respuesta a las esperanzas actuales de
nuestro pueblo.
La dignidad de la persona humana
Uno de los grandes valores de nuestra tradición lo descubrimos al
leer las primeras páginas de la Biblia. Es el fundamento más sólido
de nuestro futuro y de la cultura que compartimos. Dios lo puso en
el origen de la humanidad; así lo escuchamos en la primera lectura
de nuestra celebración. Me refiero a la dignidad de la persona
humana, creada por Dios a su imagen y semejanza . Ya en el siglo V
San León Magno, conmovido por esta verdad, escribía: “Si fiel y
sabiamente (…) consideramos el principio de nuestra creación,
hallaremos que el hombre fue formado a imagen de Dios, a fin de que
imitara a su Autor. La natural
dignidad de nuestro linaje consiste precisamente en que resplandezca
en nosotros, como en un espejo, la hermosura de la bondad divina.
A este fin, cada día nos auxilia la gracia del Salvador” .
Alabamos a Dios porque nos ha
creado libres y por haber querido compartir con nosotros su
capacidad de conocer, pensar, dialogar y amar. Le agradecemos por
habernos hecho sujetos de derechos y deberes en medio de la
creación. Son nuestros derechos humanos, que se remontan a la
naturaleza que hemos recibido de Él. Por eso es sagrado el derecho a
la vida, al trabajo y a la libertad de pensamiento, como también a
la libertad religiosa y de expresión. Sagrado es además el derecho a
tener los bienes necesarios para vivir con dignidad. Le agradecemos
asimismo por habernos asociado al perfeccionamiento del mundo, y por
habernos convidado a vivir en alianza con Él para compartir con
nosotros la vida eterna .
Es Él quien nos invita a transitar por los caminos del Monte Sinaí y
del Evangelio, dando lo mejor de nosotros al servicio de los demás,
para que vivan y sean felices. En efecto,
ser felices con Dios y entre
nosotros, amándolo a él con toda el alma y amándonos como Él
nos ama, para gozar de su vida, su paz y su amistad, fue la meta que
Él se propuso, y que nos propuso a todos, con nuestra creación.
El relato de la creación del ser humano concluye, revelándonos los
sentimientos de Dios después de haber traído a la existencia al
primer varón y a la primera mujer. Dice el texto que Dios quedó
contento, ya que vio que todo lo
hecho era sumamente bueno . Cada persona refleja algo de la
grandeza, la sabiduría, el amor y el poder de Dios, hace palpable y
cercana la realidad de su belleza, su conversación y sus proyectos
en favor de la humanidad.
Nuestras relaciones humanas
En abierto contraste con la bondad de su obra admirable, constatamos
un deterioro en nuestras relaciones
humanas. Los medios de comunicación social nos recuerdan a
diario los delitos que se cometen, la agresividad de manifestaciones
públicas que enlodan los fines que persiguen y enlutan a la sociedad
con el uso de armas, la violencia de quienes atacan a desconocidos,
a cercanos, a compañeros de estudio y aun a familiares, las
desproporcionadas deudas que agobian a tantos hogares, los
desencuentros y las disputas innecesarias entre quienes elegimos
para que sirvan a la sociedad, y los incontables tropiezos y las
caídas que sufren quienes transitan por los caminos acelerados y
angustiosos de la droga. También nos hacen presentes los
enfrentamientos armados y la corrupción en tantos lugares del mundo.
Conscientes de este deterioro, la
primera tarea que tenemos de cara al Bicentenario, y que
motiva esta mañana nuestra acción de gracias a Dios,
se refiere al espíritu de nuestra
convivencia. No puede tener otra vertiente que no sea el
hontanar que brota de la dignidad de todos los chilenos, y de cada
familia, de cada comunidad, como asimismo de cada etnia que forma
parte de esta nación. Nuestra vocación inaudita de asemejarnos a
Jesucristo, el misterio y la grandeza que se esconde en el rostro de
una joven, de un trabajador, de un niño y de un anciano,
precisamente por ser imágenes de Dios, nos llaman a detenernos en
silencio y con admiración ante su grandeza. Nos corresponde
descubrirla y contemplarla con asombro y benevolencia, respetar sus
derechos, amarla y colaborar con ella para que despierten sus
capacidades, se despliegue su gran nobleza y toda su creatividad.
Nos cabe apoyar con nuestra confianza a quienes comparten nuestro
camino, y construir con ellos nuestra sociedad. Es ésta la tarea que
agradecemos hoy en la acción de gracias de nuestro Te Deum.
Por el contrario, acercarse a las
personas con indiferencia o temor para permanecer lejos de ellas,
acercarse con espíritu desconfiado o agresivo, buscando el
enfrentamiento o únicamente el propio provecho; acercarse con ese
ánimo sobre todo a los que velan por el orden y la justicia o tienen
el encargo de enseñar, acercarse así a quienes piensan diferente,
son de otro nivel socioeconómico o cultural, de otro compromiso
político, o llegan hasta nosotros como inmigrantes, es una tendencia
que corroe nuestras relaciones humanas. Permanecer en tal actitud es
perder de vista la inconmensurable dignidad de quienes nos rodean, y
su relación verdadera con nosotros, ya que son verdaderos dones de
Dios. También el más pequeño de los seres humanos cuando está en el
seno materno y cuando nace, es un maravilloso don de Dios, una buena
noticia para todos.
Forjando valiosos consensos
Esta verdad quiere ser el fermento de nuestra visión de los demás y
de nuestra manera de acercarnos a ellos. Pero también ha de ser el
fundamento de un clima de consensos y de paz. Necesitamos
imperiosamente plasmar la vida de la
sociedad conforme a nuestra dignidad, y apartarnos tanto de
la violencia verbal y física, como de las confrontaciones
personalistas que buscan con exceso subrayar protagonismos, perfilar
antagonismos o lograr a toda costa provechos electorales, económicos
o de otro tipo. Quienes buscan el bien de Chile, no han de anteponer
sus intereses privados al bien del país que Dios nos regaló como don
y como tarea, sobre todo al bien de quienes el progreso va dejando
al margen.
Así lo han entendido los obispos que en medio de agudos conflictos
laborales y sociales han ayudado a reestablecer diálogos cortados.
Traigo a la memoria sobre todo al presidente de la Conferencia
Episcopal, Mons. Alejandro Goic, con su llamado a la conciencia de
los que pueden mejorar, con
compromiso ético, la condición de sus trabajadores. Quienes
lo han comprendido así, consideran que lo más valioso de sus
empresas son los trabajadores y sus familias, y multiplican las
medidas para favorecerlas. Por otra parte, la crisis vivida nos pide
que invitemos a aquellas sociedades que podrían reducir sus
ganancias, a promover condiciones más dignas para los trabajadores
que reciben retribuciones mínimas en relación a sus esfuerzos y
necesidades.
Ahora es preciso crear el clima de confianza necesario para forjar
grandes acuerdos nacionales, que incluyan a todos. Para preparar el
Bicentenario de nuestra nación soberana, se hace necesario un
amplio Pacto Social que logre
articular el crecimiento económico y sus ventajas, con el aumento de
la productividad y de los lugares de trabajo, y con el crecimiento
en justicia social, acogiendo sus imperativos éticos.
Mucho honra a la Sra. Presidenta de
la República y a su gobierno la búsqueda de las condiciones
necesarias para generar estos consensos en el campo de la reforma
previsional, de la transparencia y la probidad en las funciones
públicas, de la educación de calidad para todos, de la creación de
empleos y de la justa retribución del esfuerzo, mediante salarios
acordes con la dignidad del trabajador, con sus necesidades
familiares y con la productividad del trabajo.
También honra a la oposición
la elaboración de proyectos de ley, y de otras propuestas con las
que quiere perfeccionar los proyectos enviados al Parlamento. Todas
las instancias políticas se hallan ante
el desafío de proponer la
utilización de bienes del país para que contribuyan al bien
verdadero de los más pobres, sobre todo de los hogares de ínfimos
recursos económicos. Los consensos que se logren nos demostrarán que
no son incompatibles la ética y la producción, la búsqueda de
condiciones más dignas y el crecimiento del empleo.
Buscando esa convivencia que privilegia el esfuerzo honesto y la
confianza, precisamos apoyar la capacitación específica que exige la
globalización y las notables iniciativas de
los pequeños, medianos y micro
emprendedores. Sabemos que son incontables las pequeñas
empresas que no logran prosperar después de una corta vida. Sin
embargo, son ellos los que más empleo ofrecen a la comunidad.
Necesitan experimentar el aliento de la sociedad y del Estado cuando
asumen el riesgo de iniciar nuevas empresas para ganarse la vida y
proporcionar ocupación, al inicio con salarios muy modestos, a
familiares, jóvenes y trabajadoras.
El compromiso de los medios de
comunicación social
Alejarnos del temor y forjar un clima de amistad y cercanía, de
encuentros humanos y de lealtad, de solidaridad y colaboración,
depende de cada uno de nosotros:
de la conversación y del mutuo cariño en el hogar, del espíritu de
comunión en las comunidades cristianas, del acogimiento y la
cooperación benevolente entre los vecinos, del clima enaltecedor en
la escuela, en los hospitales y en la fábrica, del servicio y el
apoyo a los necesitados, del establecimiento de leyes que promuevan
la justicia y multipliquen las oportunidades, del respeto de los
derechos y el cumplimiento de los deberes, del aprecio a los
carabineros de nuestra patria, que cumplen abnegadamente su
vocación, procurando seguridad y orden en las poblaciones, de la
gentileza en la calle, en los autobuses y en los estadios, del
mejoramiento de la locomoción colectiva, cuando se reconoce que su
primera tarea es prestar un servicio digno y rápido a quienes van al
trabajo y regresan a sus hogares.
Pero este cambio del clima de la sociedad y de las actitudes
correspondientes es también una tarea ineludible de
los medios de comunicación social.
Los chilenos necesitamos que el compromiso de muchos medios con el
futuro del país, con la verdad, la justicia y el bien, se refleje en
las tareas que encomienden a sus profesionales, de manera que, sin
olvidar su labor de denuncia, no privilegien con tanta frecuencia,
de manera realmente atemorizadora, el rostro sombrío, trágico y
destructor del delito, la injusticia, la corrupción, la violencia,
la confrontación y el fracaso, sino más bien las innumerables
acciones de bien, que inspiran confianza en los hombres y las
mujeres, en los jóvenes y los niños de Chile. Estas obras las
realizan, sin una adecuada cobertura mediática, incontables
voluntariados, servidores públicos y personas generosas que se han
consagrado al servicio de quienes más lo necesitan. Se podría dar
más publicidad a los acuerdos unánimes del Parlamento; al trabajo
serio y apegado a la Constitución y a La ley de los Tribunales de
Justicia y del Tribunal Constitucional; a la labor de enseñanza e
investigación de las universidades y de otros institutos de
educación; al compromiso social de muchas empresas y organizaciones
gremiales, como la Cámara Chilena de la Construcción; a la
generosidad y la fe contagiosa de innumerables misioneros, y a los
trabajos solidarios que brotan una y otra vez del empeño social de
tantos jóvenes y adultos. Igualmente, quisiéramos saber más del
reconocimiento que reciben nuestras Fuerzas Armadas y de Orden por
sus misiones de paz en países hermanos, y por labores humanitarias
que realizan en lugares de difícil acceso o en situaciones
catastróficas
Es impagable la aportación que pueden prestar a la construcción de
la Patria del Bicentenario los medios de comunicación que logren
ayudar a sus usuarios a respirar a todo pulmón y con esperanza, con
la gratitud propia de quien vive en un país hermoso y es parte de un
pueblo de grandes tradiciones, valores, esfuerzos, progresos y
sueños.
Una ecología humana
Desde la última encíclica social del Papa Juan Pablo II, se ha
extendido el imperativo de trabajar no sólo en pro del ‘habitat’ del
hombre en la naturaleza, conscientes del desafío ecológico, sino
también del ‘habitat’ cultural y social, de la “ecología humana”.
Nos escribía en su carta encíclica consagrada a la cuestión social:
“Además de la destrucción
irracional del ambiente natural hay que recordar aquí la más grave
aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos de
prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente,
aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los «habitat»
naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción,
porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia
contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy
poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica
«ecología humana». No sólo la tierra ha sido dada por Dios al
hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria,
según la cual le ha sido dada, de que es un bien; incluso el hombre
es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la
estructura natural y moral de la que ha sido dotado”. (Centesimus
Annus, 38).
En ningún otro lugar se vive y transmite con tal plenitud y de
manera cotidiana esta experiencia de ser un don para los demás como
en el matrimonio y la familia.
También por eso hay que focalizar todos los esfuerzos hacia su
promoción y su bienestar, porque el compromiso con la ecología
humana es la obra común que más nos urge. Buscamos una forma de
convivencia que evite angustias y depresiones, que configure el
entorno humano como un ‘habitat’ favorable a la vida, al crecimiento
y la educación, al ejercicio de la justicia y a la equidad, a la
gratitud, la oración y la contemplación; en general, al encuentro
cordial y amistoso entre las personas, a la solidaridad gratuita, a
la colaboración en las mejores causas, a la creación artística y
tecnológica, a la compañía en la enfermedad y el dolor, en una
palabra, a la confianza y la amistad cívicas.
Educación de calidad para
construir la comunidad nacional
No hace muchas semanas nos alegró la voluntad del gobierno y de la
oposición de emprender juntos una tarea de gran trascendencia para
todo el país: la elaboración de un marco legal, anclado en la
Constitución, que promueva y garantice una educación de calidad para
todos los hijos y las hijas de esta tierra, respetando el derecho a
la libertad de enseñanza según nuestra Carta Fundamental.
Le pedimos al Señor que resuelvan
con éxito su tarea. Sería un motivo de alivio y alegría para
nuestro pueblo. Por el contrario, abandonarla inconclusa sería un
golpe para todo el país.
Pues bien, en el contexto del espíritu de nuestras relaciones
humanas quisiera llamar la atención sobre algunos elementos
irrenunciables. Con frecuencia en nuestros países
las reformas educacionales se limitan a focalizarse en la
transmisión de conocimientos y habilidades técnicas. Pero la
persona humana que crece en las aulas no es una suma de
conocimientos y habilidades técnicas, tampoco un mero sujeto de
derechos y obligaciones. Es cierto, ellos son parte constitutiva de
su existencia y deben estar presentes en toda educación de calidad.
Pero cada persona es mucho más que eso. Es un sujeto con anhelos de
felicidad, de amistad, de paz, de posteridad, de vínculos sólidos;
un sujeto resuelto a construir la humanidad y a servir a los demás,
con sed de trascendencia, de dar y recibir amor, de vivir en
familia, y de cultivar el diálogo y la lealtad, hasta con el mismo
Dios.
Quienes tienen conciencia de las admirables dimensiones de la
persona humana quieren que en la nueva ley aparezcan sin ambigüedad
alguna, también otros objetivos
generales de la enseñanza básica y media que se refieren a los
valores. Enumero algunos, como por ejemplo la progresiva
identificación de los niños y los jóvenes con los habitantes, las
etnias, la historia y la rica cultura de nuestra Patria; igualmente
la adquisición de los modos de relacionarse y de las actitudes que
hacen fecunda y pacífica la convivencia. Considerando la fragilidad
de nuestras familias, es irrenunciable la educación al respeto, la
sinceridad, la fidelidad, la solidaridad y la dedicación al bien de
los demás, es decir, a las actitudes que harán estable y rica en
valores a las familias que un día los jóvenes fundarán. Es de gran
provecho para el trato justo y fraterno el encuentro vivo con Dios,
con Jesucristo y su Evangelio, por parte de todos los que viven la
fe cristiana, y el compromiso que surge de ella de emplearse en el
amor al prójimo y en el servicio al país. Algo similar se puede
decir de otros credos religiosos si promueven el bien común. En
verdad, se equivocan los que piensan que la dimensión religiosa de
la enseñanza sea menos importante para el país que otras
asignaturas. Por último, en una civilización activista, que tiende a
imponer ideas y proyectos a los demás, también se hace muy necesario
el desarrollo de la capacidad de admirar y contemplar el don de la
naturaleza y el don del entorno humano y de sus mejores obras. Sin
el asombro por los dones recibidos no hay lugar para el respeto, la
investigación y la gratitud, ni menos para la creación artística y
la invención de nuevas técnicas que se pongan al servicio de la vida
y no acaben en destruirla. Con frecuencia los objetivos de la
enseñanza se quedan cortos en relación a los mejores propósitos de
los profesores, a las expectativas de los padres y apoderados, y a
las verdaderas necesidades.
Una última reflexión sobre los
que viven al margen de los beneficios de la sociedad
Al término de nuestra vida, como lo escuchamos en el relato del
Evangelio, seremos juzgados por lo
que hicimos en favor de los afligidos, los pobres, los
hambrientos, los desnudos, los desesperanzados, los enfermos y los
encarcelados. Preocuparse por el bien común es preocuparse de modo
preferente por quienes se quedan al margen de los beneficios de la
sociedad. Amar a Dios, es amar a sus hijos más pequeños. Saber que
es Padre de todos, nos pide compartir su preocupación por los más
débiles. Amar a Jesucristo es servirlo en quienes tienen, al igual
que nosotros, la dignidad de ser hermanos suyos, pero carecen del
trato fraterno que esperan.
Son necesarias las reformas estructurales que nos introducen por
caminos de mayor justicia y equidad. Pero ellas no nos dispensan de
solidarizar con misericordia con los
más débiles. Me detengo en los que están privados de
libertad: ¿Vamos a visitarlos? Las empresas productivas de bienes y
los institutos de enseñanza que pueden hacerlo, ¿colocan suficientes
aulas, accesos a la enseñanza a distancia y talleres en las cárceles
para impulsar la rehabilitación y la reinserción de los privados de
libertad en el mundo de la dignidad y la responsabilidad?
Me detengo asimismo en el mundo de
la drogadicción. Se ha extendido de manera alarmante. Es
cierto, la autoridad tiene el deber de intervenir con fuerza contra
el narcotráfico y contra la proliferación de armas. Pero la
drogadicción pide sobre todo más iniciativas preventivas que sean
favorables a los jóvenes, comenzando con las que repercuten en bien
de las familias, de la presencia de los padres en medio de los
suyos, de casas y departamentos que las familias puedan configurar
como espacios interiores de fe, de confianza y de paz, de escuelas
que sean la alegría de sus alumnos, de más empleos para jóvenes y de
espacios para el deporte. Gracias demos a Dios por las iniciativas
del Conace, con su extensa red de monitores del programa ‘Prevenir
en Familia’. Dada la magnitud del problema, urge seguir
multiplicando las instancias y los factores que pueden suscitar la
esperanza, la fe y la laboriosidad entre los jóvenes y los adultos
en situación de riesgo, para que no busquen la fuga de la realidad,
ni caigan en la delincuencia y en el daño de sus vidas.
Gracias le damos a Dios por las iniciativas maravillosas, si bien
escasas en proporción a las necesidades, en el campo de la
prevención y la rehabilitación de quienes no quieren ser esclavos de
la droga, y luchan con fuerza, con fe y confianza para liberarse de
toda dependencia.
Conclusión
Concluyo, deseando a Vuestra Excelencia, como Presidenta de la
República, a sus colaboradoras y colaboradores en las tareas de
gobierno, como también a todos los parlamentarios, a los integrantes
del Poder Judicial, y a los miembros de nuestras Fuerzas Armadas y
de Orden, y a todos los que aman el bien de Chile y se dedican a
procurarlo, la celebración de unas
Fiestas Patrias colmada de la alegría que brota de los bienes que
Dios ha concedido a nuestra Patria, y del esfuerzo sincero por hacer
de ella una gran nación de hermanos que se estiman, se apoyan
y construyen unidos una sociedad justa y pacífica, de manera que
nadie quede al margen del gozo, el bienestar y la vida digna para la
cual fue creado.
Transmito estos deseos a todos ustedes, a nombre de los Obispos,
pastores y ministros que se han unido en nuestra oración ecuménica,
tanto en este templo como en todo el territorio de nuestro país. De
nuestra parte nos comprometemos a
seguir empeñándonos en alentar nuestra convivencia con la luz y el
calor del Evangelio, con la confianza de recorrer así,
animados por el Espíritu Santo, los caminos señalados por Dios que
hacen grande a nuestra Patria, y con la alegría de acoger a nuestro
Señor día a día entre nosotros, como lo acogió generosamente su
madre María en Nazaret y en Belén, a Él que es nuestra Roca, nuestra
Esperanza y nuestra Paz.
† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago
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